martes, 25 de octubre de 2011

Videopolítica, la fuerza que nos modela

Los partidos políticos sufren un proceso de decadencia, y es en los medios, fundamentalmente la televisión, donde se dirimen las hegemonías, y lo hacen mediante el manejo de imágenes ¿Fueron suplantadas la ideas? ¿Hay reflexión en la TV? Los siguientes párrafos explican la posición de Giovanni Sartori sobre el tema.



Legitimados por el rating y omnipresentes en las sociedades contemporáneas, los medios son instrumentos y -también- actores en la política de nuestros días. El politólogo italiano Giovanni Sartori denominó al comenzar la última década del siglo XX como videopolítica a la enorme influencia de los medios en la definición de las relaciones políticas en la actualidad: “es la fuerza que nos está modelando”. De manera paralela a la decadencia de los partidos, los medios de comunicación se erigen en los espacios privilegiados para procesar consensos, propagandizar aspiraciones y sobre todo, consolidar a la vez que abatir figuras políticas. La imagen desplaza a las ideas y las técnicas del marketing al discurso político al menos tal y como hasta ahora se le había concebido, en virtud de la preponderancia de los medios.

La insistencia de autores como ese pensador italiano para subrayar las consecuencias que tiene la televisión en la construcción de candidatos, la designación de gobernantes, el estado de ánimo de la sociedad y la definición de las decisiones públicas más importantes, ha permitido entender la preeminencia  de ese medio en la vida contemporánea. La imagen y la mercadotecnia a menudo prevalecen sobre las ideas y la reflexión, tanto en el quehacer político como en otras áreas de la actividad pública. Sin embargo en ocasiones autores como Sartori le reconocen  a la televisión un poder de manipulación tan acentuado que, involuntariamente, terminan exagerando las capacidades de ese medio e incluso mitificándolos.

En Homo videns, su obra más conocida acerca de los medios, ese politólogo expresa una profunda preocupación acerca de la influencia de la televisión en el empobrecimiento del razonamiento en las sociedades contemporáneas. Los mensajes habitualmente simples y con frecuencia anodinos que ofrece la televisión, no exigen réplica ni reacción alguna por parte del televidente. La cultura de masas contemporánea, definida de manera muy importante por los contenidos de la televisión, está repleta de información pero con frecuencia se encuentra ayuna de reflexión. Sin embargo la primacía de la imagen lleva a Sartori a considerar que la cultura escrita, con toda la carga de argumentación lógica y razonamiento que puede tener, está condenada  a desaparecer. Al homo sapiens lo sustituye un homo videns inhábil para el pensamiento conceptual, reacio a la lectura y habituado esencialmente a la contemplación de imágenes.

Los hechos se nos muestran, no se explican
La contundencia con que Sartori formula sus preocupaciones y también las lecturas frecuentemente sesgadas de su obra acerca de los medios, en las que suelen destacar más las formulaciones drásticas que los matices que las acompañan, le han creado  a ese autor una inadecuada fama de tremendista respecto de la televisión. Una de sus premisas establece: “Con la televisión, nos aventuramos en una novedad radicalmente nueva. La televisión no es un anexo; es sobre todo una sustitución que modifica sustancialmente la relación entre entender y ver. Hasta hoy día, el mundo, los acontecimientos del mundo, se nos relataban (por escrito); actualmente se nos muestran, y el relato (su explicación) está prácticamente sólo en función de las imágenes que aparecen en la pantalla”.

A la sensación de presencialidad ininterrumpida que nos ofrece la televisión respecto de los asuntos globales más importantes o, para decirlo con precisión, de los asuntos que la agenda mediática ha considerado como insoslayables, se añade esa modificación en la manera para enterarnos de los sucesos públicos. La diferencia entre leer acerca de ellos y verlos mientras ocurren, no es menor.

Cuando sabemos de un suceso gracias a una narración periodística o literaria, nuestro conocimiento se nutre de la mirada que el narrador ha impuesto sobre esos hechos. La mirada de la televisión es diferente: no es la nuestra, porque depende de numerosas circunstancias que no controlamos -el emplazamiento de las cámaras, los cambios entre una y otra, la duración de la transmisión, etcétera- pero la oportunidad de mirar con nuestros propios ojos nos hace testigos del hecho aunque sea a través del filtro impuesto por camarógrafos, reporteros, productores e incluso los anunciantes cuyos productos se promocionan  en cada corte de estación.

La imagen, rival de la lectura
Lo que Sartori ha hecho, ciertamente con eficacia, es subrayar el declive de las ideas complejas y de la lectura a causa, entre otros motivos, de la preponderancia de la cultura audiovisual. Ese autor considera que la imagen no es un recurso para aprehender conocimientos: “la conclusión vuelve a ser que un ‘conocimiento mediante imágenes’ no es un saber en el sentido cognoscitivo del término y que, más que difundir el saber, erosiona los contenidos del mismo”.

Uno de los terrenos de indagación y discusión que abren esas preocupaciones se encuentra en dilucidar si en realidad la imagen no es vía para el conocimiento. Pero sobre todo, hay que recordar que incluso en un mundo repleto de incitaciones y exuberancias audiovisuales (televisores constantemente encendidos, anuncios en las calles, transeúntes con IPod, etcétera) es difícil encontrar imágenes que no vayan acompañadas de textos o que no susciten comentarios o glosas verbales o textuales.

La preocupación de Sartori es auténtica como posición de principio, ante una proliferación de imágenes que coincide con el empobrecimiento de la cultura del texto. Pero ese autor no se apoltrona en una postura irremediablemente catastrofista. Acerca de la posibilidad de que la imagen sea parte de un proceso de elaboración reflexiva más complejo apunta, por ejemplo: “La imagen debe ser explicada; y la explicación que se da de ella en la televisión es insuficiente. Si en un futuro existiera una televisión que explicara mejor (mucho mejor), entones el discurso sobre una integración positiva entre homo sapiens y homo videns se podrá reanudar. Pero por el momento, es verdad que no hay integración, sino sustracción y que, por tanto, el acto de ver está atrofiando la capacidad de entender”.

Entre la sensación y la comprensión
Los medios siempre propalan mensajes en busca de adhesiones, asentimientos e identificaciones entre sus destinatarios. Pero el formato de la televisión, al gravitar más en la imagen que en la retórica verbal o textual, interpela a sus públicos a partir de mensajes que suscitan más la emoción que la reflexión.

La imagen no basta por sí sola para que entendamos un acontecimiento. La efigie de un militar armado hasta los dientes y de mirada bravía puede ser la del miembro de un ejército que sojuzga y reprime a una población, pero también podría ser la de quien ha contribuido a la liberación de esa comunidad. La apreciación que construyamos acerca de esa imagen dependerá del resto de la información que se nos proporcione, o que ya tengamos, sobre el episodio del cual forme parte.

Sartori se ocupa de lo que sucede después con ese mensaje y subraya el escaso valor que, desde su perspectiva analítica, tendrá para el televidente como fuente de conocimiento. Si la televisión no nos ofrece más que la efigie del militar forrado de armas, reaccionaremos a ella con animadversión (o algunos, según su propia formación y contexto, quizá lo hagan con simpatía) pero no la entenderemos y la impresión que nos ocasione será simplemente catártica. Por eso con frecuencia la contemplación del televisor no es más que una sucesión de reflejos emocionales ante desfiles de imágenes que no siempre alcanzamos a comprender. Así sucede especialmente cuando hacemos zapping: al cambiar de un canal de televisión a otro apenas distinguimos entre formas, colores, expresiones y quizá sonidos que nos pueden resultar familiares o no, pero que distinguimos gracias a la información previa que tenemos acerca de ellos aunque no alcancemos a discernir mucho más sobre esas escenas aisladas... la televisión es el medio de mayor presencia social en nuestros días, debemos entender las peculiaridades que se derivan de la imagen como elemento central del lenguaje con el que comunica sus mensajes, advertir que la reacción de sus espectadores se ubica más en el terreno de la sensación que el de la reflexión y concluir que por lo general sus contenidos son poco propicios al entendimiento.


Extraído de
Televisión y educación para la ciudadanía
Raúl Trejo  Delarbre

lunes, 17 de octubre de 2011

Prensa, poderes y democracia

Si pensamos en los “poderes” de hoy ¿Quién tiene capacidad de imponer su voluntad? ¿Es válida la división de poderes republicanos? ¿Es la prensa el “cuarto poder? ¿Cuál es "la verdad"? ¿Cuándo un hecho se considera verdadero? ¿Qué papel juega la televisión?

La relación entre la prensa y el poder es objeto de debate desde hace un siglo, pero sin duda cobra hoy una nueva dimensión. Para abordar el problema hay que empezar por plantear la cuestión del funcionamiento de los media y, más concretamente, de la información.

Ya no se pueden separar los diferentes medios, prensa escrita, radio y televisión, como se hacía tradicionalmente en las escuelas de periodismo o en los departamentos de ciencias de la información o de la comunicación. Cada vez más, los media se encuentran entrelazados unos con otros. Funcionan en bucles de forma que se repiten y se imitan entre ellos, lo que hace que carezca de sentido separarlos y querer estudiar uno solo en relación con los otros.

Por lo que respecta al poder, él mismo atraviesa una crisis, en el sentido más amplio del término. Constituye, incluso, una de las características de este fin de siglo. Hay crisis y, finalmente, disolución o incluso dispersión del poder, lo que hace que difícilmente podamos determinar dónde se encuentra realmente.

Se ha repetido mucho, y durante mucho tiempo, que la prensa - o la información en un sentido más amplio - era el cuarto poder. Se decía esto para oponerla a los tres poderes tradicionales definidos por Montesquieu, y se precisaba: la prensa es el poder que tiene como misión cívica juzgar y calibrar el funcionamiento de los otros tres. Pero la prensa, los media, la información ¿Constituyen todavía el cuarto poder? En la práctica se da, cada vez más, una especie de confusión entre los media dominantes y el poder (en todo caso el poder político) y esto hace que no cumplan la función de «cuarto poder».

Por otra parte, cabría preguntarse cuáles son realmente los tres poderes. Ya se aprecia que no son precisamente los de la clasificación tradicional: legislativo, ejecutivo, judicial. El primero de todos los poderes es el poder económico. Y el segundo ciertamente es el poder mediático.

De forma que el poder político queda relegado a una tercera posición. Si se quisiera clasificar los poderes, como se hacía en los años veinte y treinta, se vería que los media han ascendido, han ganado posiciones y que hoy se sitúan, como instrumento de influencia (que puede hacer que las cosas cambien) por encima de un buen número de poderes formales.

Este hecho hace que sea necesario reflexionar sobre la información. ¿Cómo funciona? ¿A qué estructuras responde? Y estas estructuras de funcionamiento, estas figuras de expresión, esta retórica, ¿han sido siempre así? La revista francesa Télérama publicó recientemente un sondeo que demuestra que, desde hace tiempo, existe una desconfianza, una distancia crítica que los ciudadanos sienten, cada vez más, respecto a algunos media.

Y en particular, desde hace algunos años, sobre todo desde la guerra del Golfo, respecto a la prensa escrita y la televisión, por la forma en que funcionan respecto a cierto tipo de acontecimientos. La radio conserva, hasta el momento, un cierto margen de confianza, a pesar de todo. Sobre la prensa escrita se ha hecho un gran trabajo de educación, en particular en los centros escolares, y si uno se toma la molestia de estudiarla a menudo descubre un puñado de horrores. Con respecto a la televisión, y a pesar de lo que se dice, también se ha aprendido, cada vez más, a analizar las imágenes y se acaban por desvelar críticamente... Y además, existen los magnetoscopios que graban. Mientras que la radio es el único media que no deja huellas.

Esto no quiere decir que no existan los magnetófonos, pero ¿quién graba los diarios hablados de las distintas cadenas y emisoras? La impresión general es que el trabajo de la radio resulta globalmente más profesional. Pero cuando se mira de cerca se encuentran tantos motivos de recelo como en los otros dos. Esta desconfianza respecto a los media es relativamente nueva.

El citado sondeo de Télérama se viene haciendo desde hace veinte años y si se analiza su evolución se observa que prácticamente desde su creación hasta finales de los años ochenta no existía globalmente desconfianza hacia los media. A la pregunta «Si respecto a un mismo acontecimiento la prensa escrita, la radio y la televisión, dicen cosas diferentes, ¿a cuál de los media cree usted más?», las respuestas más numerosas eran regularmente para la televisión. Por otra parte, todavía no hace mucho tiempo que la prensa escrita estaba dotada de una capacidad para revelar las disfunciones de la política lo que, en ocasiones, resultaba totalmente espectacular.

El asunto Watergate demuestra muy bien cómo dos periodistas menores, Woodward y Bernstein, de un periódico ciertamente serio pero en absoluto dominante en su país, el Washington Post, pudieron hacer caer al hombre más poderoso de la tierra, el presidente de Estados Unidos. Por eso subsistía la capacidad de la prensa para ser radical en su voluntad de decir la verdad o de contar hechos extremadamente duros para los gobiernos.

La mayor parte de los periódicos, en todo el mundo y en particular en los grandes países desarrollados y democráticos, intentaron imitar ese tono, ese estilo periodístico, puesto de relieve durante el asunto Watergate. Durante mucho tiempo se admitió la idea de que los periodistas, armados de la verdad, podían oponerse a sus dirigentes, y se recobraba el espíritu de las películas de Capra de los años treinta, o el espíritu del cuarto poder. ¡Cuántas películas se han hecho con un periodista como protagonista principal! Cabe incluso recordar que Superman es un periodista, y Tintín también. ¿Por qué se ha hundido todo esto? ¿Por qué se pasó, a mediados de los años setenta, de una especie de glorificación del periodista, convertido en el héroe de la sociedad moderna, a la situación actual en que el periodista se lleva la palma de la infamia? ¿Por qué fases se ha discurrido?

Creo que han intervenido consideraciones de diferentes órdenes. Hay aspectos de orden tecnológico, de orden político, de orden económico y de orden retórico. El momento de inflexión de este fenómeno, de este cambio en la filosofía de la información, se sitúa en ese año de todos los acontecimientos que es 1989. Al menos se percibe entonces. Aunque es posible que comenzara antes, que se hubieran dado ya elementos anunciadores. Por otra parte, esta nueva concepción de la información hace que hoy exista un concepto cada vez más importante y al mismo tiempo cada vez más equívoco, el de la verdad. ¿Dónde está la verdad? Se podrá decir: yo vi lo que pasó en Rumania, vi esas batallas, esos combates, etc. ¿Cómo es posible? Pues porque esta concepción de la información plantea un camino que conduce a un efecto equívoco.

En el momento en que asisto a una escena que suscita mi emoción ¿dónde está la verdad? ¿En las circunstancias objetivas que rodean a esta escena como acontecimiento y como hecho material, o en el sentimiento que experimento? ¿Qué es lo verdadero? ¿Las circunstancias que hacen que se produzca ese acontecimiento o las lágrimas que caen de mis ojos y que son, realmente, materiales y concretas? Y, además, como mis lágrimas son verdaderas yo creo que lo que he visto es verdadero. Y resulta evidente que se trata de una confusión que la emoción puede crear a menudo y contra la cual es muy difícil protegerse. Este universo que ha creado tal nivel de confusión concede a la televisión el papel de piloto en materia informativa. Obliga a los otros media a seguirla o a tomar distancia, pero, en todo caso, a situarse respecto a la televisión.

Ya hacia finales de los anos ochenta la televisión, que era el media dominante en materia de diversión y ocio, se convirtió también en el primero en materia de información. La mayoría de las personas se informan, esencialmente, por medio de la televisión. La televisión tomó, pues, la dirección de los media y ejerce su hegemonía, con todas las confusiones que provoca respecto al concepto de actualidad. ¿Cuál es la actualidad hoy? Es lo que la televisión dice que es actualidad. Y aquí aparece otra confusión respecto a la verdad. ¿Cómo podría definirse la verdad? Hoy la verdad se define en el momento en que la prensa, la radio y la televisión dicen lo mismo respecto a un acontecimiento. Y sin embargo, la prensa, la radio y la televisión pueden decir lo mismo sin que sea verdad.

Autor
Ramonet Ignacio
La Tiranía De Las Comunicaciones


sábado, 8 de octubre de 2011

Internet para adolescentes, con normas y control

Internet está entre nosotros, y se quedará, nos aporta numerosos beneficios, y hasta ha cambiado nuestra vida cotidiana, pero como la moneda, tiene dos caras ¿Somos concientes de los riesgos? ¿Qué sucede con los adolescentes? Los siguientes párrafos reflexionan al respecto.

El potencial de la red es enorme pero debe medirse su uso especialmente en menores que pueden desviar su atención de labores escolares y sus relaciones sociales
Ya hace tiempo que la televisión, antigua reina de la casa, ha sido reemplazada por Internet y los celulares. Los efectos de la nueva hegemonía se están haciendo visibles ahora, sobre todo en jóvenes estudiantes, quienes en cuestión de tecnología van muchos pasos por delante de la mayoría de adultos.

Esta revolución en las comunicaciones ha modificado la manera de relacionarse, al permitir interactuar prácticamente en cualquier lugar y a cualquier hora. Las rutinas diarias, la vida social y familiar deben adaptarse a los cambios con los que la tecnología sorprende día a día.

Por ejemplo, las redes sociales como Facebook y Twitter, que invierten todo su ingenio en llegar cada día a más públicos, son algunas de las aplicaciones que más están afectado.

Las barreras de la comunicación también han cambiado, siendo ahora más fácil comunicarse con un desconocido al otro lado del planeta que conversar cara a cara de forma profunda y productiva con los hijos.

Los ejemplos de problemas comunicativos entre padres e hijos con Internet de por medio están a la orden del día.

Sin embargo, muchas veces se olvidan las funestas consecuencias que un uso desmedido y sin pautas puede tener sobre el desarrollo de los menores de edad.
Los expertos advierten sobre problemas de distracción y rendimiento escolar de los jóvenes, además de conductas antisociales.

Rendimiento escolar
"El cerebro se acostumbra a cambiar de tareas y no a la atención sostenida. La recompensa no está en una tarea, sino en saltar a la siguiente. Los cerebros de los jóvenes se van a cablear de forma distinta", dice Michael Rich, profesor de Harvard Medical School en un reportaje del New York Times.

Por otra parte, el psicólogo Boris Barraza, especializado en adolescentes, opina que si los jóvenes pasan el día pendientes del uso de Internet su atención se dispersa, y eso les genera más dificultades para mantenerse atentos en los elementos que requieren un mayor análisis.

"A mayor cantidad de tiempo que pasas en las redes sociales la persona no se enfoca en una sola cosa, va saltando de una rama a otra y esto no permite entrenar al cerebro a los procesos mentales superiores para que puedan desarrollarse bien", dice Barraza.

Y detalla otros riesgos posibles: "...se pierde la calidad del contacto humano cara a cara, las relaciones cálidas y la facilidad para mentir. A través de las redes sociales puedes elaborar una tremenda cantidad de fantasías, promesas incumplibles y ofrecimientos irrealizables...".
Para Ana María Carreras, directora del colegio García Flamenco, el problema consiste en establecer límites y considerar qué se comunica y en qué espacio. Además defiende el potencial de Internet como herramienta.

"En el proceso educativo es bonito, porque te permite educar permanentemente y utilizar las redes sociales y el acceso a Internet (...) Puedes hacer entornos personalizados de aprendizaje todo el tiempo utilizando todos los recursos, es muy rico", dice Carreras.

Poner normas en casa
Padres y tutores deben aprender a tolerar el uso de esta herramienta, fijarse en los intereses de sus hijos y controlar su uso en el hogar para mejorar la convivencia familiar.

"Lo recomendable es que haya ciertas normas en casa, a la hora de comer ni adultos ni menores van a contestar llamadas telefónicas ni a revisar mensajes, tener la capacidad de desprenderse de la atención que se les da a a esos aparatitos", menciona Barraza e incluye también ocasiones especiales como ir al cine o una reunión familiar.

Una recomendación para los padres es que no prohiban sino que marquen la duración de la conexión. Barraza sugiere que por cada dos horas de estudio se les permita una hora en Internet, siempre y cuando el tiempo de conexión diario no sobrepase las dos horas diarias.

En el colegio García Flamenco de San Salvador está prohibido acudir a clases con celulares aunque si los padres necesitan comunicarse de forma urgente siempre pueden llamar al teléfono fijo.

"Nos toca a los adultos aprender cómo se están comunicando ellos (menores) ahora y al final es todo sencillo, lo de siempre, el que se deja mal influir por los amigos. (...) Pero se trata de formar criterio en tus hijos, de fortalecer la voluntad y cuidar la comunicación", puntualiza Carreras.


Fuente
Elsalvador.com
Autora: María Cidón

sábado, 1 de octubre de 2011

¿Qué es información?

Muchos dicen que transitamos en una “Sociedad del conocimiento”, otros, más prudentes afirman que esta es una “Sociedad de la información” ¿Estamos realmente informados? ¿Podemos estarlo viendo la televisión? Los siguientes párrafos de I Ramonet abordan la cuestión.



Muchos ciudadanos estiman que, confortablemente instalados en el sofá de su salón, mirando en la pequeña pantalla una sensacional cascada de acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden informarse con seriedad. Error mayúsculo. Por tres razones: la primera, porque el periodismo televisivo, estructurado como una ficción, no está hecho para informar sino para distraer; en segundo lugar porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas (una veintena por cada telediario) produce un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación; y finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión más acorde con el mito publicitario que con la movilización cívica.

Informarse cuesta y es a ese precio al que el ciudadano adquiere el derecho a participar inteligentemente en la vida democrática. Numerosas cabeceras de la prensa escrita continúan adoptando, a pesar de todo, por mimetismo televisual, por endogamia catódica, las características propias del medio audiovisual: la maqueta de la primera página concebida como una pantalla, la reducción del tamaño de los artículos, la personalización excesiva de los periodistas, la prioridad otorgada al sensacionalismo, la práctica sistemática del olvido, de la amnesia, en relación con las informaciones que hayan perdido actualidad, etc.

Compiten con el audiovisual en materia de marketing y desprecian la lucha de las ideas. Fascinados por la forma olvidan el fondo. Han simplificado su discurso en el momento en que el mundo, convulsionado por el final de la guerra fría, se ha vuelto considerablemente más complejo. Un desfase tal entre este simplismo de la prensa y la nueva complicación de los nuevos escenarios de la política internacional desconcierta a muchos ciudadanos, que no encuentran en las páginas de su publicación un análisis diferente, más amplio, más exigente, que el que les propone el telediario.

Esta simplificación resulta tanto más paradójica cuando el nivel educativo continúa elevándose y aumenta el número de estudiantes superiores. Al aceptar no ser más que un eco de las imágenes televisadas, muchos periódicos mueren, pierden su propia especificidad y como consecuencia sus lectores. Informarse sigue siendo una actividad productiva, imposible de realizar sin esfuerzo y que exige una verdadera movilización intelectual...

Una actividad tan noble en democracia como para que el ciudadano decida dedicarle una parte de su tiempo y su atención. Así lo entendemos en Le Monde diplomatique. Si nuestros textos son, en general, más largos que los de otros periódicos y revistas es porque resulta indispensable mencionar los puntos fundamentales de un problema, sus antecedentes históricos, su trama social y cultural y su importancia económica, para poder apreciar mejor toda su complejidad.

Cada vez son más los lectores que se interesan por esa concepción exigente de la información y que son sensibles a una manera sobria, austera y rigurosa de observar el mundo. Las notas a pie de página, que enriquecen los artículos y les permiten eventualmente completar y prolongar la lectura, no les perturban en absoluto. Al contrario, muchos ven en esto un rasgo de honestidad intelectual y un medio para enriquecer su documentación sobre los temas.

De esta forma puede construirse una reflexión exigente sobre este mundo en mutación, donde las referencias sobre el presente se difuminan al tiempo que se oscurecen las perspectivas del futuro.

Un mundo más difícil de comprender que exige del periodista humildad, duda metódica y trabajo. Y que pide al lector, como es lógico, más esfuerzo, más atención. A este precio, y únicamente a este precio, la prensa escrita podrá abandonar las zonas confortables del simplismo dominante y salir al encuentro de todos los lectores que desean entender para poder actuar mejor como ciudadanos en nuestras democracias aletargadas. «Serán necesarios largos años», escribe Václav Havel, «antes de que los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad morales se impongan y se lleven por delante al cinismo político; pero, al final, siempre acaban venciendo.» Esta debe ser también la paciente apuesta del verdadero periodismo.


Autor
Ramonet Ignacio
La Tiranía De Las Comunicaciones

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