martes, 7 de febrero de 2012

Propaga una concepción utilitaria e individualista de la solidaridad

¿Qué ideas subyace cuando en la televisión se proclama “solidaridad”? ¿A quiénes se proclama “solidario”? En los siguientes párrafos se analiza esta idea, bajo el nombre de “telesolidaridad”.



Tanto en sus contenidos dramáticos como en los noticieros, la televisión por lo general enaltece casos de valor, mérito, destreza e incluso suerte, de carácter individual. No está mal que los casos de auténtica valía personal sean presentados tanto como reconocimiento a quienes los protagonizan, como en calidad de ejemplo. El policía que puso en riesgo su vida para defender de un asalto a varios ciudadanos, el joven estudiante de origen campesino que a pesar de ingentes limitaciones económicas obtiene el mejor promedio escolar del país, la nadadora que supera en una competencia internacional a sus rivales de otras naciones, son protagonistas de la vida pública que se singularizan por actos y esfuerzos que merecen ser conocidos y, así, reconocidos.

Pero no es frecuente que, de la misma manera, la televisión ilustre triunfos colectivos. Los profesores que se organizan para remozar su escuela, los empleados de una oficina que superan los índices de atención al público, los miembros de un sindicato que se preocupan por la calidad del producto que fabrican, serían casos de empeño colectivo poco interesantes para la televisión. Ese medio, siempre en busca de la personalización de los hechos públicos, difícilmente se interesa por logros que no sean individuales.

De cuando en cuando, por otra parte, a la televisión le da por la solidaridad. En distintos países son frecuentes los teletones, que son transmisiones de varias horas o incluso de varios días durante los cuales se exhorta al público a respaldar financieramente una causa noble. Las aportaciones que se consiguen de esa manera sin duda resultan útiles para los beneficiarios de esa solidaridad electrónica. El asilo de ancianos, los niños discapacitados, la comunidad rural marginada de servicios básicos que obtienen recursos gracias a tal esfuerzo, merecen ese y muchos más respaldos. Sin embargo a la televisión, más que ayudar a otros le interesa socorrerse a sí misma. Con mucha frecuencia esos maratones a favor de causas altruistas pretenden antes que nada mejorar la imagen pública de los consorcios televisivos.

E independientemente de la causa de las televisoras, la solidaridad que se promueve en teletones y otros actos resulta distante, despersonalizada e individualizada. Los televidentes obtienen la sensación de que por el solo hecho de sintonizar el canal donde se ofrecen bienes para los desamparados están participando en un acto noble. Aquellos que cooperen lo harán a distancia, a cargo de su cuenta telefónica o de la tarjeta de crédito y con seguridad esa cooperación financiera será útil para alguien pero habrá sido una forma de respaldo fácil y acaso tranquilizador ante la exposición de una carencia dramática.

A la solidaridad, en esos casos, se le confunde con la caridad. La solidaridad es la identificación con la causa de otros no sólo para remediar temporalmente sus problemas sino para buscar solución a ellos. La dádiva televisiva en cambio, busca paliar una situación difícil y además, mitigar el desasosiego que puedan tener los televidentes ante la exposición de esas carencias.

García Canclini ha definido a la telesolidaridad de esta manera: “Programas de televisión en los cuales se perfecciona audiovisual y electrónicamente la limosna en una época en que se volvió peligroso estar detenido con el coche ante un semáforo con la ventana baja [...] se pide dinero a los pobres para dárselo a los ricos, quienes luego lo repartirán entre los pobres”.

La ciudadanía plena descansa, entre otros valores, en la solidaridad entendida como soporte de la cohesión social. Por eso el término viene del latín solidum. La solidaridad la hacemos junto con otros y de allí resulta su eficaz efecto en la trabazón de las relaciones sociales. No es esa la solidaridad que acostumbra propagar la televisión.

Qué hacer.
Si hubiera propuestas y capacidad de exigencia social para hacerlas prosperar, la televisión comercial podría difundir formas no exclusivamente individualistas de solidaridad. Esa sería, en todo caso, función permanente de la televisión pública.

Eventualmente la televisión, junto con otros medios, puede contribuir a la propagación de acciones solidarias, sobre todo en momentos críticos para la sociedad. Por ejemplo la exposición de una catástrofe (la erupción de un volcán, la inundación tras un huracán, las secuelas de un terremoto) puede llevar a no pocas personas a contribuir por un lado con víveres y otros suministros (que serían una útil expresión de caridad) pero, también, a organizar grupos que ayuden a rescatar y albergar damnificados o a reconstruir sus viviendas.

La promoción del individualismo resulta casi inevitable en la televisión que, como hemos apuntado, es un medio anclado en personajes que pretende emblemáticos o por lo menos célebres. Sin embargo hay que recordar que la televisión misma es resultado de un esfuerzo colectivo. Sin el concurso de guionistas, productores, escenógrafos, camarógrafos, iluminadores, maquillistas, electricistas, ingenieros y muchos otros profesionales y técnicos, la imagen del conductor de televisión no llegaría a las pantallas en nuestros hogares.


Extraído de
Televisión y educación para la ciudadanía
Raúl
Trejo Delarbre

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