miércoles, 3 de junio de 2009

La escuela de la tele

Publico una nota aparecida en un diario digital mexicano. Si bien se trata de un programa local, sus reflexiones pueden ser válidas para todos los programas del género, y en lo personal, me dejó con algunas preguntas.

¿Esa imagen de la educación escolar que divierte a millones retrata una realidad cotidiana en las aulas?

Durante años, el programa que tuvo más audiencia en la televisión fue —y quizá lo seguiría siendo— aquel en que durante media hora se recreaba (¿?) lo que pasa en una escuela. ¿Su título? La Escuelita, así, para empezar, en diminutivo.

¿Ingredientes? Una profesora obesa que lleva por peinado la versión exagerada de pastel de cumpleaños y su compañero de tarima, el profesor, al que el traje de cuadros le queda corto. Ambos, más, mucho más que emplear gis y borrador, esgrimen sin cesar una regla con la forma de las que usan los payasos en el circo: doble, para hacer notorio el ruido del golpe al momento de aporrear con ella a algún alumno. Del otro lado del salón, la ensalada es previsible. Un estudiante homosexual blanco de continuas mofas; la condiscípula guapa, que para evitar que su atribuida condición de tonta y niña perpetua aflore (inmadurez manifiesta en una paleta, parte imprescindible de su atuendo), no escatima ocasión para mostrar su cuerpo como única posibilidad de ser tomada en cuenta; el estudiante aplicado y al que se le margina e insulta por su condición de lambiscón irredento. Otra alumna, muy gorda, que intenta ser vista sin que la obesidad le ocasione ser objeto de escarnio; el muchacho ‘tonto’, que siempre responde de manera equivocada pero chusca y, no podía faltar, el más “simpático” de todos, el actor central, el que coordina la discriminación como director de orquesta.

Esa es la imagen de la escuela y lo que ocurre en ella. Dicen mis mayores que era parte de los entremeses en los antiguos espectáculos de las carpas. Viene de lejos. Caldo de cultivo que consagra, reproduce o invita a ejercer como cosa natural la homofobia, la misoginia, el abuso, el rechazo al otro por distinto, el salón de clases como sistema social en el que el que es listo lo es por la velocidad con que ofende y se aprovecha de los demás (roba tortas, acusa sin pruebas, descalifica) y una escuela signada por la violencia, el autoritarismo ramplón y el vacío. Y ese programa unía a la gran familia mexicana como ningún otro durante años.

Hoy se debate sobre un caso de discriminación en la televisión. ¿Cuándo lo haremos sobre los programas que muestran como natural, por ejemplo, una escuela llena de prejuicios? Dos asuntos importantes están en juego. ¿Esa imagen de la educación escolar que divierte a millones retrata una realidad cotidiana en los salones de clase? ¿Contribuye a generarla? ¿La justifica dado el poder de los medios, pues lo que ahí ocurre es lo real y deseable o, al menos, normal? ¿La experiencia escolar es contraria a lo representado, al ser la escuela una institución donde los valores de la tolerancia y el respeto son centrales?
El Universal, México, GDA

Por Manuel Gil Antón
http://www.elcomercio.com/noticiaEC.asp?id_noticia=280938&id_seccion=1

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