jueves, 16 de junio de 2011

LA MIRADA DE UN NIÑO: EL VALOR DE LA PALABRA Y EL VALOR DE LA IMAGEN

LA MIRADA DE UN NIÑO: EL VALOR DE LA PALABRA Y EL VALOR DE LA IMAGEN
¿Vale una imagen más que mil palabras?. Para responder a esta pregunta insto a visionar cualquier información audiovisual sin el comentario sonoro del periodista. La mayoría de las crónicas que emiten nuestros telediarios resultarían incomprensibles para la mayoría de los españoles. Pero a veces las imágenes hablan por sí mismas...

Tomaré como ejemplo una crónica de Liana de las Heras que, visualmente, se basaba en un rodaje efectuado en las calles de la capital de Macedonia, Skopje, pocos días después de iniciados los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia, en un momento en que la huida de los albano-kosoves hacia los países vecinos estaba en el momento más alto. Para cualquier espectador español esta crónica sin el comentario de la informadora no hubiera tenido significado alguno. Difícilmente podría adivinarse donde esta rodada; se trata de unas imágenes neutras que sólo por la interpretación de la periodista cobran sentido. Esta es una de las tareas de los informadores audiovisuales: hacer hablar a las imágenes. En aquellos primeros días de la guerra una de las incógnitas era la deriva que pudiera seguir Macedonia y por eso, aprovechando un día en el que no había ningún elemento nuevo en el éxodo de los albano-kosovares, nuestra compañera decidió explicar la diversidad étnica de Macedonia y para ello escogió la división de la ciudad de Skopje, usando como eje central el puente sobre el río Vardar (los puentes, siempre tan cargados de simbolismo) que une lo que el río separa, una ciudad relativamente moderna de una ciudad todavía con ambiente otomano y presencia mayoritaria albanesa.

Pero esa crónica tenía una imagen con propio significado, una imagen que valía mil palabras. En medio de ese puente se encontraban dos niños mendigos, uno de unos 6 años, que cuidaba a otro de no más de dos, mientras jugueteaba con un zapato viejo. Esa imagen de los dos niños mendigos en el centro del puente tenía un valor que trasciende al del argumento de la crónica. Y al menos para una espectadora esta imagen significó algo muy personal.

Atender el teléfono cuando termina el telediario es como jugar a la ruleta rusa. A veces las protestas son justificadas, razonadas y educadas, pero más frecuentemente responden al deseo del espectador de desfogar su mal humor porque para eso les han convencido que paga la televisión pública con sus impuestos, lo que es, cuando menos, incierto. Pero este sería otro tema. La realidad es que aquella tarde nadie reaccionó. Al día siguiente atendí una llamada de una señora madura. Quería saber que había sido de aquellos niños. En la mirada del mayor adivinaba una inteligencia natural no atrofiada todavía por la miseria. Durante toda la noche la mirada de aquel niño le había atormentado. Quería saber algo más de él y nos pedía que informaramos a alguna organización humanitaria de su existencia. Me confesó que había vivido en América Latina y que sabía lo que era la miseria, pero que aquella mirada le había movido por dentro. Pero esta señora había vinculado esta imagen con las terribles del éxodo que se producía por aquellas fechas. Ella había visto a este niño cuidando del pequeño en el centro de un campo de refugiados y había deducido que se trataba de huérfanos perdidos en el caos de la huida. Sin embargo el resto de los datos que ofrecía no dejaban lugar a dudas: la fecha de emisión y sobre todo el detalle del niño jugueteando con el zapato viejo. Desgraciadamente tuvimos que informarla de que era un niño gitano, seguramente con padres, que se dedicaba a la mendicidad en Skopje, como podría hacerlo en Madrid o Segovia y que difícilmente su caso sería atendido por unas organizaciones humanitarias, desbordadas por los refugiados. La imagen tenía una fuerza que capturó la atención y la compasión de aquella mujer, pero quizá por ello ya no atendió al contenido de la crónica. Suplantó la contextualización que efectuaba la periodista por su propia contextualización: aquel niño gitano, aquella mirada, condensaba para esta espectadora el drama de los albano-kosovares.

Palabra e imagen tienen cada cual su valor y su poder. Meses después, bastó que Vicente Romero anunciara en Radio Nacional la emisión de una crónica en el siguiente telediario en la que se mostraría la situación de varios miles de gitanos perseguidos por los albano-kosovares y dejados de la mano de todas las organizaciones humanitarias, para que antes de que la crónica se emitiera recibiéramos ya las llamadas de responsables de organizaciones como Cruz Roja, indicándonos que se habían tomado ya las primeras medidas para resolver el caso. En este supuesto había bastado una palabra de denuncia. En otro caso no fue necesaria la denuncia. Cuando nuestra compañera Liana de las Heras mostró en una crónica a la joven Vesa, una chica macedonia aquejada de un linfoma curable fuera de su país, llovieron las llamadas dispuestas a hacerse cargo del caso. Finalmente un particular corrió con los gastos del traslado y el hospital público de Bellvitge con los del tratamiento.

Palabra e imagen son poderosos reflejos de una realidad que difícilmente se deja atrapar. Nuestra palabra es la palabra hablada o, mejor leída. Una palabra expresiva, pero no tan reflexiva como la palabra escrita para ser mentalmente leída. Si la poesía, la palabra en definitiva, es un arma cargada de futuro, la imagen audiovisual es el espejo en el que nos reconocemos para poder mirar hacia adelante. La palabra habla más al intelecto, la imagen audiovisual, la imagen especular, nos crea en cambio una ilusión de participar emotivamente en los acontecimientos. El reto de la información audiovisual es dar el peso que las palabras, las imágenes y los sonidos deban de tener para que el espectador alcance a comprender el mundo en el que vive.



Extraído de
Palabra e imagen en la información internacional
Rafael DÍAZ ARIAS
Documentación de las Ciencias de la Información
2001, número 24, 269-281

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