domingo, 2 de agosto de 2009

Los efectos cognitivos

Los fenómenos cognitivos refieren al conjunto de procesos con los cuales la persona percibe y asimila información proveniente del mundo logrando construir representaciones significativas del mismo que a su vez le permiten actuar sobre él. En esta dimensión se incluyen -como ya se señaló al inicio- los procesos atencionales y perceptivos, el pensamiento y la inteligencia, la comprensión y la reflexión.

Las investigaciones en torno a los efectos cognitivos de la televisión ha abarcado, entre otros, los siguientes problemas:
  • El problema de la actividad-pasividad implícitos en el aprendizaje televisivo.
  • La cuestión sobre los límites entre fantasía y realidad.
  • Los procesos de comprensión del mensaje televisivo.
  • Las propiedades del medio televisivo para transmitir contenidos educativos o incidir sobre habilidades cognitivas determinadas.

A continuación discutiremos el primero de los problemas señalados.
El problema de la actividad-pasividad ha constituido uno de los ejes más debatido en torno a los efectos de la televisión. La idea de que ésta contribuye a la formación de individuos pasivos ha sido uno de los principales argumentos en su contra y se ha expresado de múltiples maneras. Una de tales maneras podría conceptualizarse en términos del debate televisión vs. lectura y escritura. Por resultar la más "genuinamente cognitiva" será la que analizaremos aquí.

Uno de los primeros autores en tratar sobre el tema fue Mc Luhan (1964) quien circunscribió el fenómeno de la pasividad ante la televisión al "acto mismo de mirarla". Sin embargo, otros autores han generalizado el significado del concepto a partir de postular -en base a evidencias diversas- que la pasividad inherente al acto de mirar televisión sería luego incorporada a manera de hábito cognitivo. A continuación trataremos la primera de estas cuestiones.

Para proceder a su abordaje analicemos en términos cognitivos la naturaleza del acto de ver televisión. Lo primero que se destaca es la convergencia de las demandas atencionales en un foco, lo que equivale a decir que el ver televisión supone en principio un acto de concentración sostenido. Ahora bien, casi por definición todo acto de concentración en relación a un objeto supone algún género de actividad cognitiva superior a los actos de distracción. Además, resulta evidente que existe una jerarquía entre los actos de concentración en función de la calidad de demandas implicadas, al margen del proceso de fijación atencional, que abarca desde enhebrar una aguja hasta demostrar un teorema. Ahora bien, lo que parece conferir al acto de ver televisión un carácter "sui-generis" es que pareciera combinar un máximo de actividad atencional junto a un mínimo de otras demandas cognitivas: ¿En qué consistirán entonces las demandas ausentes en el acto en cuestión?

Para responder a lo anterior, en primer lugar, permítasenos una breve disgresión: es sabido que en las ciencias cognitivas se apela constantemente a la metáfora del procesamiento de la información para contribuir a explicar el desarrollo de los procesos mentales. Al preguntarse cómo o "quién" dirige y controla el flujo de la información (hecho que la metáfora no precisa) los psicólogos cognitivos se han visto en la necesidad de invocar una instancia a la que denominan "yo ejecutivo". La postulación de su existencia surge como una necesidad lógica inherente a los sistemas intencionales de procesamiento de información, pero poseyendo además un estatuto fenomenológico. En efecto, al dirigir y controlar nuestros procesos de pensamiento somos conscientes de estar realizando un acto intencional que en virtud de su dificultad nos demanda mayor o menor esfuerzo volitivo. Resultará comprensible por qué este yo ejecutivo constituye la base del juicio crítico, de la reflexión y del pensamiento productivo.

Entendemos, entonces, que cuando -desde una perspectiva preteórica- se señala la debilidad intrínseca del acto de mirar televisión, lo que en términos cognitivos se quiere decir es que la función del yo ejecutivo se encuentra suspendida.

En otro nivel de análisis, el argumento de la pasividad también involucra a la ausencia de actividad imaginativa propia del acto de mirar televisión. Es precisamente esta vertiente la que ha propiciado el debate "televisión vs. lectura y escritura", ya señalado. Su núcleo argumental sostiene que mientras que en la lectura existe una permanente actividad reconstructiva (memoria evocativa) y constructiva (imaginación productora o creadora) simultánea al proceso de decodificación y asimilación de signos, la misma se encontraría absolutamente ausente durante el proceso de mirar televisión.

Ahora bien, conforme a lo que se ha venido analizando se puede concluir que: lo que conferiría su mayor potencial al argumento de la pasividad del mirar televisión, en relación a actividades intelectuales como leer o escribir, es la combinación de la doble ausencia yo ejecutivo-actividad imaginativa.

En consonancia con lo anterior, desde una perspectiva diferente aunque claramente relacionada, muchos investigadores del fenómeno televisivo se orientaron en la búsqueda de la siguiente relación: "El hábito de mirar televisión disminuye el hábito de leer y escribir". Al margen de las cuestiones motivacionales seguramente implicadas, dos razones parecerían obvias desde el sentido común:

  1. mirar TV requiere menor esfuerzo y
  2. el tiempo dedicado a la TV disminuye el que podría dedicarse a la lectura.

Muchos investigadores y maestros señalan que el corolario simple de todo esto se expresa en que los niños y adolescentes de las generaciones televisivas cada vez evidencian mayores inconvenientes en el ejercicio de la lecto-escritura.

Por último, para concluir el tratamiento de la cuestión sólo resta señalar que lo expuesto parece explicar la razón del deslizamiento del concepto de pasividad televisiva, desde el acto mismo de ver TV hacia una pasividad cognitiva generalizada: en términos sistémicos parecería que se estuviera ante un circuito de retroalimentación positiva. Sin embargo, numerosos autores han sugerido argumentos absolutamente opuestos sobre la misma cuestión, algunos de los cuales aparecerán al tratar el siguiente tema.

El estudio de comprensión del mensaje televisivo sólo ha ofrecido interés en sí mismo, sino en la medida en que ha contribuido a enriquecer el debate en torno a los problemas cognitivos ya referidos.

Su propósito central es destacar que el medio televisivo define un código con una serie de características formales que necesariamente demandan un alto grado de complejidad en los procesos cognitivos de decodificación. Desde esta perspectiva entonces, mirar televisión no es en modo alguno una actividad simple. Y en la medida en que el niño -tarde o temprano- termina ejerciéndola, interesa conocer qué tipo de procesos y habilidades cognitivas se encuentran involucrados en ese logro.

Peyrú (1992) refiere a la anterior circunstancia señalando que el acto de mirar TV constituye para el niño un aprendizaje espontáneo a lo largo de su infancia y adolescencia. Siguiendo a Huston y Whright esta autora señala la existencia de un grado mínimo de procesamiento cognitivo como condición necesaria para que el niño pueda "ingresar" en el programa televisivo, aún cuando su propósito final apunte a la diversión. Al respecto, sostiene que ello ya constituye un procesamiento activo aún cuando no se trate de un caso de análisis intelectual ni de reflexión crítica.

En cuanto a las habilidades implicadas en aquel proceso, Peyrú destaca -entre otras- la capacidad de elaborar hipótesis explicativas sobre lo que ocurre en el decurso de un programa, lo cual a su vez supone la habilidad de discriminar lo esencial de lo accesorio, relacionar causas con efectos y motivos con consecuencias.

Por su parte Gardner (1985) ya trataba este asunto a través de la caracterización metafórica del niño televidente como una especie de antropólogo. En ese rol, su principal misión es hacer inteligible lo que en apariencia se muestra como una multiplicidad caótica y fragmentaria de imágenes, logro que resultará de descifrar el código organizador que confiere sentido a esa multiplicidad.

Entre los hechos problemáticos primarios a los que el niño televidente evolutivamente y de manera ineludible habrá de enfrentarse, Gardner identifica a la distinción entre la realidad física y representacional de la televisión, y a la captación de la índole narrativa de gran parte del material televisivo. Sorteados estos dos escollos -agrega el autor- subsistirán aún tres importantes "enigmas cognitivos" que el niño deberá resolver, a saber: el problema de relacionar el mundo de la televisión con su experiencia cotidiana, en términos de similitudes y diferencias; el problema de identificar las leyes que rigen a la multiplicidad de géneros y subgéneros televisivos; y -por último- la cuestión sobre el status y la interrelación de los distintos niveles de realidad y fantasía que coexisten dentro ya del mundo televisivo.

Como podrá apreciarse, la perspectiva de estudiar el proceso de comprensión televisiva, en la medida en que coloca el acento en aquellos procesos eficientes de los que se vale el niño para asegurar ese objetivo, conduce implícitamente a considerar a la televisión más como un medio posibilitador que inhibitorio del desarrollo intelectual. Así, el acto de mirar televisión constituiría una especie de estímulo cognitivo privilegiado.

Sin embargo, resulta notable la existencia de una laguna tanto teórica como empírica en torno a los modos y ámbitos donde se transferirían tales beneficios cognitivos. En otros términos: si a través del hábito de mirar televisión el niño adquiere y/o ejercita habilidades cognitivas por demás sutiles, ¿en qué otras actuaciones intelectuales -diferentes al acto mismo de referencia- logra expresarlas?

Con todo, como se anticipara al inicio, es justo señalar que la presente área de estudio constituye una "nueva vuelta" sobre el tema de los efectos cognitivos, que fundamentalmente pone de manifiesto el carácter abierto del significado de los conceptos de actividad y pasividad cuando se los asocia al hábito televisivo. Sin duda, resulta lícito señalar la existencia de una actividad cognitiva substancial en la base de una pasividad aparente, aún cuando subsista incertidumbre sobre su real incidencia en actividades cognitivas decididamente activas como el pensamiento crítico y la metacognición.

De igual manera, los lineamientos principales de este área de abordaje, también destacan el carácter complejo relacionado con la cuestión de justipreciar el hecho de que el medio televisivo tienda a presentar múltiples niveles dentro del continuo realidad-fantasía, los que -a su vez- se interpenetran recíprocamente e interactúan con la realidad del mundo que el niño paralelamente va construyendo. Nuevamente, si ello contribuye a la generación de categorías de análisis más flexibles o si -por el contrario- incide en la generación de un "caos epistemológico" en la mente en desarrollo del niño, resulta otra cuestión abierta a resolver en futuras investigaciones; y que volverá a hacerse presente en el tema que continúa.

Otro de los capítulos importantes en relación a los efectos cognitivos lo constituye la cuestión sobre los límites entre realidad y fantasía, que -por hipótesis- la televisión contribuiría a confundir. Ahora bien, en rigor aquí se han englobado temáticas que conceptualmente conviene distinguir, aún cuando resulte comprensible el significado de su agrupamiento. En términos generales, la diferenciación más básica habría que hacerla entre:

  • El problema de la distorsión de los límites entre realidad y fantasía (en un sentido bastante estricto del término) que se encuentra presente en múltiples aspectos del medio televisivo. Aquí, la cuestión central radica en evaluar hasta qué punto la televisión propendería a confundir al niño sobre sus nociones acerca de lo que es empíricamente posible o imposible. (Hombres nucleares capaces de correr a 100 km/h, personas que mutan en tortugas karatecas y locutores que para desplazarse hacia sitios remotos sólo les basta con afirmar la intención de hacerlo; constituyen ejemplos típicos de lo que los investigadores señalan al respecto).
  • El problema de la distorsión de los juicios de representatividad o tipicidad, que implícitamente aparece "impuesto" en muchos contenidos televisivos. Aquí la cuestión central radica en evaluar en qué grado el mensaje televisivo es capaz de alterar los juicios de probabilidad o frecuencia relativa correspondientes a la realidad de muchos eventos particulares del mundo. (Son ejemplos típicos que los investigadores suelen señalar: la alta proporción de familias de clase media que habitan en amplias casas con escalera; la considerable proporción de asesinatos, violaciones y otros eventos asociados tales como persecuciones automovilísticas en medio de la ciudad, etc.).

Un ejemplo paradigmático del tipo de análisis como el que se viene tratando puede encontrarse en la ya clásica obra de Mander (1984): "Cuatro razones para eliminar la televisión". Allí el autor vincula el problema genérico de la relación fantasía-realidad con el de la naturaleza de la imagen televisiva y su incidencia en la mente del niño. Su postura puede sintetizarse en las siguientes afirmaciones:

  • Uno de los principales efectos de la televisión es su capacidad, como medio, de transplantar imágenes en la mente de niños y adultos.
  • La mente humana no contaría con mecanismos innatos para discriminar entre las imágenes asimiladas en su propia experiencia directa sobre el mundo y aquellas asimiladas por un medio artificial como la televisión. La razón de esta "desprotección biológica" obedecería, en términos funcionales, a la ausencia de la correspondiente necesidad; y, en términos adaptativos, porque ello supondría "a priori" la existencia de una actividad disociativa alienante.
  • Ante la exposición televisiva, la mente humana no tendría otro camino que caer en dicha actividad disociativa. A este fenómeno Mandel lo denomina "cinismo sensorial", advirtiendo que de ninguna manera se trata de una actividad reflexiva, en su sentido estricto (como ejemplo de "cinismo sensorial", este breve monólogo interior: - lo que me informan mis sentidos y experimento como cierto, en realidad no es cierto, aunque parezca, etc.).
  • Por otra parte, se postula una función de desplazamiento de las imágenes televisivas respecto de las imágenes propias, a través de las cuales las primeras terminan "fagocitando" a las segundas aunque no a la inversa (vg. la disolución de las imágenes formadas a través de la lectura de un libro luego de mirar su versión televisiva, y a causa de ello).

Las imágenes televisivas poseerían per se una función 'entificante', así como una relativa autonomía en la dinámica representacional. En efecto, una vez instaladas en la mente ya no se las puede desalojar, al tiempo que adquieren un significado con cierta independencia del grado de realidad que efectivamente posean, o que le fuera previamente atribuido; o de la manera en que hayan sido categorizadas (vg. las imágenes fantásticas que aparecen en sueños con similar estatuto que las reales; las imágenes identificatorias implícitas no tematizadas, aún cuando devengan de un modelo humano implausible, etc.).


El autor concluye que en la medida en que las personas se encuentran indefensas ante la invasión de imágenes televisivas, no pudiendo tampoco diferenciarlas de las propias ni salvaguardar la identidad de estas últimas, comienzan a perder el control sobre sus imágenes, lo que -concluye el autor- equivale a perder el control sobre su mente.

Por último, como resultará evidente, digamos que el análisis de Mander es también paradigmático de lo que significa una toma de posición extrema sobre el carácter perjudicial de los efectos cognitivos que se vienen tratando.

Para finalizar esta sección, se hará una breve referencia a aquellas investigaciones encaminadas a evaluar las propiedades del medio televiso para transmitir contenidos educativos específicos o para incidir sobre habilidades cognitivas determinadas.


Un ejemplo de lo primero, lo constituye el experimento pionero citada por Mc Luhan (Arenas, 1977) en donde se transmitió un material educativo a través de cuatro modalidades (TV, radio, conferencia y texto), obteniéndose resultados significativos favorables a la modalidad televisiva medidos en términos de asimilación global.


Como ejemplo de estudios sobre la incidencia diferencial de la televisión sobre habilidades cognitivas, puede considerarse una serie de estudios iniciados por Meringoff y reportados por Gardner (1985). En este caso el objetivo central radicaba en comparar la eficacia de la televisión en relación al libro, sobre la transmisión de ciertos materiales literarios como cuentos y alegorías para niños. En este caso, se evaluó una serie de indicadores cognitivos tales como: memoria recognitiva y evocativa, cantidad y tipos de inferencias ajenas a la narración, comprensión global, estimaciones espacio-temporales, recurrencia a la propia experiencia para llenar lagunas, etc.

En otra investigación dentro de la misma línea y realizada por el mismo autor el objeto específico bajo estudio fue la actividad imaginativa. Al respecto, Gardner señala que lo más significativo de los resultados no fue tanto el hecho de que una de las modalidades (texto-tv) fuera -en términos de performance cognitiva- superior en relación a la otra, sino más bien que cada una aportaba efectos cualitativos diferenciales. En tal sentido, uno de los hallazgos específicos que rescata el referido autor es el hecho que de la modalidad televisiva aparecía como estimuladora de cierto tipo de imaginación sensorial; por cierto conclusión contraria a la de quienes sostienen que la TV destruye, reduce o altera en forma negativa la imaginación del niño, tal como el citado Mander.

Por último, como algo de especial interés respecto a las posibilidades de los estudios dentro de este último contexto, viene al caso una última consideración de Gardner sobre una idea recurrente en muchos debates actuales en torno a los efectos de la televisión, que -en rigor- encuentra su origen en Mc Luhan. Gardner especula que tal vez nuestros modos de conceptualizar la experiencia resulten -en gran parte- una función de los medios de comunicación que hemos experimentado desde nuestra temprana infancia, razón por la que la elucidación de los efectos televisivos se inscribiría como un inédito tópico en capítulos de la Antropología Filosófica y Cultural, y de la Epistemología.

Fuente:
http://knol.google.com/k/federico-gonzalez/captulo-1-los-efectos-de-la-televisin/1lpuycm3t2lm3/59#
Federico Gonzalez
Lic. en Psicología
Buenos Aires

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