jueves, 16 de febrero de 2012

La televisión atiende en lo fundamental a situaciones de crisis y conflicto

La televisión transforma todo en un espectáculo, la noticia pasa a ser un motivo de entretenimiento. Desde la pantalla se modifica el sentido de los sucesos. Los siguientes párrafos se dedican al tema.



La normalidad no es espectáculo. Ávida de temas para sorprender y sobresaltar, la televisión suele concentrarse en los hechos graves o críticos. En el primero de estos temas, el ejemplo del incendio que es registrado en su momento de mayor gravedad para después ser olvidado por la televisión. Cuando se trata de acontecimientos sociales y políticos, ese efecto puede suscitar mayor desorientación o empobrecimiento en la percepción de los ciudadanos.

El encuentro de dos presidentes resulta más visualmente llamativo si comienzan a discutir y hacen aspavientos, en contraste con la urbanidad protocolaria de los saludos colmados de cortesía. Si durante un discurso de campaña electoral un político recibe un tomatazo en el rostro, esa escena desplazará a cualquier otra sin importar lo que haya dicho en esa alocución. La Cámara de Diputados puede sesionar durante largos días sin que sus deliberaciones llamen la atención televisiva, pero si durante varios minutos dos legisladores se enzarzan en una discusión salpicada de improperios esa será la nota que ofrezcan los noticiarios.

Esos comportamientos en el manejo de las noticias no son privativos de la televisión. El periodismo suele destacar actitudes y hechos dramáticos. La normalidad no es llamativa para los lectores de diarios o espectadores de noticieros.

Las buenas noticias son malas noticias y viceversa: lo insólito, las catástrofes, los desacuerdos, nutren de contenidos a los espacios periodísticos con mucha mayor vivacidad que los asuntos rutinarios. Pero esa propensión, inherente al periodismo en cualquier formato, conduce a una mayor simplificación cuando es llevada a la televisión.

Acotado a sus dimensiones más estridentes por la identificación preponderante entre el periodismo y el escándalo, la escena de un acontecimiento dramático (las gesticulaciones de los gobernantes al discutir, la súbita interrupción en el discurso del candidato, los denuestos de los diputados) quedará acotada, fijada y sobredimensionada por la lente televisiva.

Qué hacer. Reconocer esas limitaciones y propensiones de la televisión, tener en cuenta en todo momento que sólo nos presenta retazos de la realidad, recordar que esos segmentos son los más visual y dramáticamente llamativos pero no de manera necesaria los de contenido más útil para la discusión o la comprensión del asunto en cuestión, tendrían que ser actitudes constantes del ciudadano que quiere robustecer su cultura cívica sin dejar de ver la televisión.


Extraído de
Televisión y educación para la ciudadanía
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