jueves, 5 de enero de 2012

La televisión impone una visión esquemática.

La televisión fundamentalmente comunica sensaciones, y en eso se asienta su poder de manipular. También marca estereotipos del “bueno” y del “malo”, en esquemas simplistas ¿Responde a nuestros intereses o a los de otros? ¿Qué papel debe cumplir la alfabetización audiovisual en este contexto? Los siguientes párrafos son dedicados al tema.



El formato lacónico, los tiempos aprisionados por el cronómetro, el propósito de ofrecer una variedad amplia de asuntos ligeros más que temas en profundidad y muy especialmente la narrativa esquemática, que comunica sensaciones más que reflexiones, determinan el estilo maniqueo y simplista que suele definir a la televisión.

En la pantalla, lo mismo en programas de carácter dramático que en la transmisión de noticias, reality shows o incluso eventos deportivos, aparecen personajes y situaciones que suelen ser magnánimos o mezquinos, virtuosos o perversos, buenos o malos. Las situaciones que se presentan en ese medio por lo general son benéficas y convenientes, o perniciosas y trágicas. No suele haber espacio para personajes que a veces son buenos y en otras ocasiones malos, como ocurre en la vida real.

La televisión es el imperio de los estereotipos. Los personajes en las escenificaciones dramáticas pero a veces también en programas acerca de asuntos reales, son alineados de acuerdo con la óptica de los clichés. Los villanos tienen gesto ceñudo y andar desafiante; los paladines de esos relatos son bonitos además de buenos. De no ser porque la televisión no tiene efectos drásticos e invariables sobre sus audiencias, el mundo maniqueo que propala acostumbraría a los espectadores a suponer que la realidad más allá de la pantalla es tan simple como la que aparece en los programas.

Cuando se trata de asuntos más acá de la ficción, esa perspectiva maniquea puede alcanzar consecuencias especialmente lesivas para la cultura cívica. Al presentar los asuntos públicos con el mismo afán de polarización con que transmite una serie policiaca o un encuentro de lucha libre, la televisión simplifica el examen acerca de ellos en perjuicio de su entendimiento y deliberación. Por lo general, en televisión la arenga de un dirigente político es buena o mala, una iniciativa de ley es mostrada como provechosa o perniciosa, las demandas de un sindicato resultarán justas o abusivas. Y sin embargo, en no pocas ocasiones ese discurso de un líder, aquella propuesta legislativa y estas demandas gremiales, pueden ser buenas para unos y desfavorables para otros. O incluso, algunos aspectos de la alocución, la propuesta de ley o la reivindicación sindical, pueden parecernos aceptables en parte y, otros, en nuestra opinión pueden ser enmendables o rechazables. La televisión desdeña las situaciones complejas. Y la realidad con frecuencia es bastante más intrincada que como aparece en la pantalla.

Qué hacer
El entrenamiento para decodificar los mensajes de la televisión es el remedio más eficaz para sobrevivir, sin merma de nuestra cultura cívica, a las simplificaciones que endereza constantemente ese medio. Por lo general, los telespectadores distinguen entre el mensaje televisivo y la complejidad que alcanza un asunto más allá de su esquemática presentación en la pantalla. Conforme una sociedad madura en su apreciación de los asuntos públicos, una de las primeras conductas que se advierten en ella es la mirada crítica que les impone a los medios de comunicación.

La suspicacia de los televidentes con frecuencia obliga a las empresas televisoras a moderar su actitud simplificadora, especialmente en la presentación de asuntos públicos. Pero más allá del propósito y las inercias específicas de los propietarios o productores a cargo de una emisora de televisión, el formato mismo de ese medio, su naturaleza comunicacional, imponen una esquematización de la realidad que sólo puede ser enfrentada con una mirada crítica de los televidentes.


Contenidos televisivos. Los placeres más refinados son los más exigentes también, por lo que exigen un esfuerzo mayor. Ver la Tele es un goce mínimo que requiere un esfuerzo nulo al que empuja el cansancio físico y mental, en una laxitud sin tensión, aletargada, sin atención especial.
José Sánchez Tortosa, El profesor en la trinchera, Ed. La esfera de los libros, Madrid,
2008.

 Autor
Raúl Trejo Delarbre
Raúl Trejo Delarbre (México D.F., 1953) es Doctor en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Maestro en Estudios Latinoamericanos y Licenciado en Periodismo por la misma Facultad.
Investigador titular en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de esa Universidad.
Extraído de
Televisión y educación para la ciudadanía

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