lunes, 30 de enero de 2012

La televisión ancla sus contenidos a la propagación de estereotipos.

La televisión se autoproclama como una “ventana al mundo”, no muestra “la realidad”, sino una parte de ella. Este pedazo resulta estar conformada por prototipos, con determinadas conductas. Los siguientes párrafos tratan el tema.



Maniquea como es, la televisión define sus contenidos a partir de lugares comunes. El problema con esa conducta no es únicamente que, ceñidos a la visión sesgada de sus productores, la televisión ofrece retratos parciales de la realidad. Además, al consagrarlos de manera audiovisual, ese medio confiere carta de naturalización en el imaginario social a los prototipos o paradigmas que difunde.

La televisión suele propalar normas de conducta y estereotipos comunes en la sociedad. Las convicciones y la moralidad preponderantes, las creencias ideológicas o religiosas, incluso los prejuicios de la población a la que están dirigidas sus transmisiones, habitualmente dan la pauta para los programas televisivos. Sólo en muy pocas ocasiones la televisión rompe con esos criterios, en busca de enfoques novedosos.

De esa manera, si en una sociedad la mayor parte de la gente se opone al aborto o rechaza la posibilidad de que los sacerdotes contraigan matrimonio, será difícil en extremo que en los programas de ficción aparezcan mujeres dispuestas a no tener un hijo que no desean o curas ávidos de quebrantar el celibato que les impone su iglesia. Incluso en sociedades muy conservadoras, cuyos medios de comunicación suelen mimetizarse con la moralidad predominante, será frecuente que ni siquiera en los noticieros la televisión muestre comportamientos distintos a ese talante mayoritario.

Al reproducir tales clichés, la televisión no solamente los difunde sino además los refuerza. Una sociedad conservadora en donde la televisión, por interés comercial, simplemente calca las ideas predominantes, se convierte en instrumento también conservador. Durante muchos años las telenovelas latinoamericanas propalaron la imagen tradicional de las familias, presididas por padres exigentes, regañones y mandones que abrumaban a madres sufridas, silenciosas y virtuosas... Únicamente en momentos de excepción la televisión va delante de las inercias de las sociedades para las cuales difunde.

Los estereotipos raciales, sociales o de género, entre otros órdenes, habitan el panorama televisivo. Al cine le sucedió lo mismo: en Estados Unidos por ejemplo, durante décadas los únicos negros que se veía en la pantalla cargaban maletas, lavaban los platos o manejaban los automóviles de los blancos. Eso terminó hace tiempo pero en la televisión todavía es posible encontrar estereotipos determinados por la costumbre, o incluso por la idea que los productores tienen del gusto de las audiencias. En varios países las telenovelas no suelen mostrar protagonistas de tez morena, porque quienes hacen esos programas están convencidos de que los espectadores prefieren ver rubias y rubios. Esos patrones, tanto éticos como estéticos, se convierten en modas.

Qué hacer.
Los cartabones televisivos soslayan la diversidad de la sociedad. Para los ciudadanos es importante reconocer esa limitación de dicho medio y recordar que la realidad es mucho más variada. En ocasiones, el intento para remediar esa vieja parcialidad conduce a la televisión a buscar deliberada y a veces insistentemente una suerte de equilibrio ficticio pero que pueda ser visto como apropiado en la preparación de sus programas.

En todo caso y para efectos del tema principal de esta revisión del comportamiento televisivo, vale la pena preguntarnos en qué medida la televisión contribuye a que los ciudadanos reconozcan la diversidad que hay en la sociedad y a fomentar la tolerancia. La aportación televisiva a esas asignaturas de la vida cívica resulta por lo general escasa.

Extraído de
Televisión y educación para la ciudadanía
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