jueves, 8 de noviembre de 2012

Consumos multipantallas

Vivimos en un mundo invadido por las pantallas ¿Qué actitud tomar frente a ellas? ¿Qué significa en este caso un “consumo responsable”? ¿Cómo afrontar el flujo informativo? ¿Cuál es la importancia de la “disponibilidad de tiempo”? ¿Y del diálogo? ¿Qué sucede en la infancia, en la adolescencia?



Los padres y madres son una pieza clave en el seguimiento que sus hijos destinan al consumo multipantallas. El referente que los más pequeños tengan supone un aliciente para tender a unos modelos de consumo más o menos permisivos, restrictivos o equilibrados. No sólo son importantes los parámetros temporales que los progenitores o tutores concedan a sus hijos. Sólo el hecho de dejarles ver, jugar, utilizar o navegar menos o más horas no significa que sus usos sean más saludables. El factor principal gravita en la forma en la que se les orienta. Un consumo compartido, con las pautas necesarias para saber discriminar aquellos contenidos que no resultan aptos para su edad, la respuesta respecto a aquello que no llegan a comprender o el diálogo abierto de las interpretaciones que cada uno otorga a los mensajes; y también la planificación de tiempos para vivir con variedad, autonomía e inteligencia el ocio, sirven para enriquecer el uso que el niño o joven hace de cada pantalla.



La relación unidireccional “sujeto-pantalla” pasa a adquirir un nuevo estrato en el que las dimensiones y perspectivas que aporte el padre o madre pueden ayudarle a encontrar otras esferas de significado. Los flujos de información que le ofrezca una presencia adulta no tienen un mero valor de control con connotaciones negativas, por el simple hecho de “no dejar ver o hacer”. Aquello que podría entenderse por las mentes en formación como una intromisión a su voluntad de elegir, puede convertirse en el aliciente de que sus padres se preocupen por aquello que les gusta y quieran compartir esos tiempos y espacios de consumo y conversación.



El sano conocimiento de los gustos, intereses y motivaciones por parte de los padres será un motor en la guía hacia la construcción de sus hijos. Fomentar la autonomía, el criterio propio frente o en consonancia con los del resto, es decir la asertividad; el saber argumentar matices por los que la opinión en ciertos aspectos no sea mimética a la de su grupo, depende en gran medida del aprendizaje que reciba de sus padres, así como de los modelos de consumos que se establezcan en la dinámica familiar. El hecho de prestar atención a los productos que gustan a los hijos supone un punto de partida “sine qua non” para enrolarse en la irrenunciable función paterna de formación. El respeto será pieza clave para empatizar con seres que pertenecen una generación distinta y que entienden la realidad bajo unos parámetros que una mente adulta comprende y acepta, en ocasiones, de otra manera.



Las nuevas estructuras sociales, sus modelos económicos, de producción y consumo, afectan a la manera en la que los padres se integran en el uso y consumo que sus hijos hacen de las pantallas. La disponibilidad de tiempo es uno de los “handicaps” más sobresalientes, esto unido a la falta de recursos por parte de los padres para manejar estrategias y procedimientos de intervención y negociación debido a sus escasas habilidades, conocimiento o preparación, suponen un obstáculo para que su mediación sea constructiva, derivando en normativas erróneas, enfrentamientos innecesarios, permisividad u omisiones.



En la investigación que presentamos, tratamos de dilucidar si son tales los límites, cuáles son las formas en las que los padres intervienen, si les preocupa o no el consumo que hacen sus hijos, si participan con ellos en los diferentes visionados, juegos y usos, si existen pautas de orientación y consumo, si les advierten de los perjuicios que hay detrás de las pantallas y potencian los beneficios, si conocen los consumos y usos audiovisuales que sus hijos tienen y disfrutan, cuáles son sus gustos y preferencias …



En la infancia, esta interacción niños-familia, es más sencilla en su planificación (distribución de tiempos para ver la televisión, jugar a la videoconsola, utilizar Internet), y más sencilla en sus mediaciones (conversar con los hijos sobre los programas, usos y consumos de pantallas que arrastran el interés de los vástagos y son motivo para el diálogo, la discriminación y el análisis).



Es en la adolescencia cuando el control y seguimiento de los gustos y preferencias de sus hijos, así como el tiempo que dedican a cada pantalla es más complejo y difícil. La migración que se produce de la pantalla doméstica (televisión), a la pantalla global (internet) complica el seguimiento de los gustos, gratificaciones y consumos del adolescente. Estos otorgan una especial importancia a su grupo de iguales (amigos o compañeros), dejarse llevar por lo que éstos proponen resulta muy tentador y alentador, usos y visionados prohibidos en la propia casa se convierten en objeto del deseo, consumo e interacción en las conversaciones y comentarios, dentro de las casas de los amigos o lugares públicos como los ciber.



El contexto de la mediaciones se produce en un conjunto de recepciones mediáticas, de complejo proceso, en el que no sólo intervienen los engranajes sociales y mecanismos cognitivos y emocionales del niño o joven receptor, sino también un proceso de “distanciamiento”, que estos sujetos receptores aceptan o rechazan, soportan o negocian, y al mismo tiempo definen. Como indica Elizalde, “el distanciamiento es una categoría construida sobre la base de datos cualitativos y compuesta con varias dimensiones; las dimensiones marcan el modo en que los receptores –niños, jóvenes, adultos establecen relaciones de más o menos implicación (emocional, cognoscitiva, social), con todos los medios en general y con cada uno en particular”. Esto es, el distanciamiento es un factor primordial de la recepción y de las mediaciones que genera unas relaciones sociales con los medios, y establece un pautado social entre los miembros que conforman la estructura familiar. Este factor permite comprender el propio consumo de pantallas pues contiene la historia de los sujetos receptores; de sus contextos (familiares, sociales y culturales); su naturaleza receptiva (en su atención, interpretación, reinterpretación y valoración); así como las estructuras industriales de los medios y sus mecanismos de producción, distribución y exhibición.



Las modas que instauran los medios y nuevas tecnologías se contagian de manera viral a partir de que los grupos de escolares las acepten como propias. Por este motivo, es interesante que los padres conozcan los motivos por los que sus hijos entran en la espiral de necesidad de pertenencia a un grupo para no sentirse aislados o desplazados. Cuando los esquemas adultos que le proponen sus padres y los que le plantean sus amigos son distintos, los chicos pueden caer en un conflicto intentando adivinar a cuáles se acogen, decantándose generalmente por aquellos que le ofrecen sus iguales en edad. Esta situación de conflicto no sólo afecta a los menores, también a los padres. Sin embargo, crecer no es fácil, ni cómodo, tampoco para los hijos. Entre los diferentes factores que afectan al conflictivo crecimiento de los niños y jóvenes, también hay que tener en cuenta la inmersión en la fenomenología de las pantallas.










Extraído de
Consumos y mediaciones de familias y pantallas
Nuevos modelos y propuestas de convivencia
José Antonio Gabelas Barroso y Carmen Marta Lazo
Programa Pantallas Sanas
Diseñado por la Dirección General de Salud Pública del Gobierno de Aragón

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