sábado, 22 de junio de 2013

La ilusión de familiaridad al ver la televisión

La familia es la institución lo suficientemente reducida, como para permitir que los miembros se conozcan entre si, entonces ¿En qué consiste la ilusión de familiaridad que nos brinda la televisión? ¿Incide en nuestro juicio crítico?
 


Decía Levi-Strauss que sólo hay objeto para la antropología allí donde la sociedad es de dimensiones lo bastante reducidas como para que todos sus miembros se conozcan entre sí. La nuestra es tan grande que resulta excesiva no sólo para los antropólogos sino, en general, para la mayor parte de las personas que en ella viven, entrenadas como están para juzgar relaciones entre hombres y no "esas fuerzas vastas e impersonales que en nuestra sociedad moderna se han convertido en una necesidad teórica" sin la cual no podemos entender nada. T.S. Eliot, al que pertenece esta última cita, nos recuerda en un texto de 1946 sobre la cultura por qué es mucho más agradable y asequible el estudio de la antigua Grecia, el cual atañe "a un área pequeña, a hombres más que a masas y a pasiones individuales" y no a estructuras, y de qué manera la irrupción de estas "fuerzas impersonales" no sólo dificulta enormemente el análisis sino que transforma por completo el concepto de moral con el que nos hemos manejado, y tratamos de seguir manejándonos, desde hace muchos siglos.

Muy poco de lo que sabemos sobre los bororo nos sirve para entender la política de Bush; muy poco de lo que sabían los bororo nos sirve para sobrevivir en la sociedad actual. Allí donde el hundimiento de un barco frente a las costas de Galicia implica a diez compañías, doce gobiernos y toda una vía láctea de decisiones individuales encadenadas entre sí en el marco de un sistema que se ha vuelto casi biológico, es muy difícil contar un "relato". Allí donde nuestras más banales costumbres cotidianas -la de mandar un mensaje por el móvil o elegir una marca de cereales- tienen una relación "inimaginable" con algo terrible que sucede en el Congo o con la muerte repentina de quince niños en Indonesia, es muy difícil aplicar nuestro concepto tradicional de "responsabilidad". Allí, en fin, donde la movilidad laboral, el trabajo precario y el desempleo impiden la cristalización de lazos estables con los demás (y donde, por lo demás, la multiplicación de aparatos dentro de casa disuelve cada vez más la vertiente comunitaria y familiar de la televisión), todo se vuelve extraño, ajeno, y no se sabe nunca con quién se está hablando o en quién se puede confiar.

Pues bien, en este contexto de amenazadora impersonalidad e invisible desmesura, el único lugar donde sigue habiendo relaciones entre hombres, el único espacio donde todavía nos sirven nuestras pequeñas categorías y nuestros menudos y banales criterios antropológicos, es la televisión. Aún más: el único espacio en el que hay personas que conocemos de verdad, es la televisión. Presentadores a los que vemos todas las noches, invitados asiduos en el canal preferido, famosos a los que seguimos hasta los lugares más recónditos, concursantes con los que nos encerramos durante semanas y a los que ayudamos o zancadilleamos desde lejos, jóvenes con ambiciones a los que aupamos a la fama, personajes de dramas shakespearianos cuyos avatares seguimos comprometidos día tras día...; a través de la pantalla este mundo de estructuras inasibles, de ciclos, líneas y esquemas desprovistos de voluntad, toda esta maraña de vectores fríos y curvas inexorables contra las que es inútil enfurecerse y que ni siquiera necesitan nuestro apoyo, se reduce a dimensiones antropológicas, se materializa a escala humana, se vuelve de pronto familiar.

Allí hay de nuevo relato, hay responsabilidad, hay alguien de quien sabemos que podemos fiarnos -o a quien podemos condenar y rechazar con la autoridad de la moral común. Allí nuestra "cultura" vuelve a servir, allí volvemos a tener algo que decir, allí todo lo que hemos aprendido no ha quedado todavía obsoleto. Más que apelar a nuestros bajos instintos, como denuncian tantos críticos de la televisión, el placer que ésta nos proporciona tiene que ver con el hecho -mucho más noble- de que nos franquea el acceso a un espacio en el que todavía podemos juzgar; es decir, en el que aún podemos activar aquello que nos define por excelencia como humanos: nuestra facultad de conocer y nuestra facultad de valorar. Para ello la televisión reproduce las hechuras de un mundo que ya no existe o que todavía no existe; un mundo tristemente griego o abyectamente bororo en el que nos parece conocer a todos los habitantes y en el que la "narración" y la "responsabilidad" -los dos rasgos definitorias de una moral ejemplarizante, propia por igual de la sociedad primitiva y de la sociedad ilustrada- toma el lugar de esta remota, incomprensible, inhumana "inocencia" estructural, donde es tan difícil orientarse e intervenir.




Extraído de
Televisión: cinco ilusiones y una propuesta
Santiago Alba Rico
En Revista Archipiélago nº 60 (Monográfico sobre televisión)
Santiago Alba Rico es un escritor, ensayista y filósofo español nacido en Madrid en 1960.

miércoles, 12 de junio de 2013

Las Telenovelas: ¿Un género de "entretenimiento"?

¿Qué rol cumplen las telenovelas? ¿Es un simple entretenimiento? ¿Ejercen actos educativos? ¿Cómo podemos ver la comunicación? ¿Cómo transmisión de mensajes o creación de sentidos? Las siguientes reflexiones tienen mucha vigencia en la actualidad.


La división de los productos televisivos en ciertas categorías y la clasificación de las telenovelas como un género de entretenimiento, ayudan a entender ciertos aspectos de estos programas, como la jerarquía de “funciones” o de utilidades que priman, según la intencionalidad de los productores, en los diferentes tipos de programación.

Este tipo de clasificación está centrado en la intencionalidad de los emisores/ productores, y no toma directamente en cuenta a los telespectadores en la definición /clasificación que es hecha de estos productos. Los programas presentados en la televisión son, de este modo,            clasificados por sus propiedades “inherentes”, y cabe al telespectador tener suficiente sensibilidad o capacidad para reconocer y atenerse       a estas propiedades: cualquier lectura divergente es, en esta óptica, aberrante.

Desde esta perspectiva, un programa es educativo, o el público “puede” aprender de él, cuando es elaborado con la intencionalidad de enseñar. En otras palabras, el uso que se puede hacer de un programa está condicionado por sus propiedades inherentes/ intrínsecas, construidas y delimitadas intencionalmente por los productores. Asi, las telenovelas “deben” ser utilizadas para divertirse, y cualquier uso que no corresponda a eso será, por lo tanto, una “aberración”.

La clasificación de las telenovelas como “programación de entretenimiento” es aún más problemática o menos adecuada, si por entretenimiento se entienden solamente los aspectos fugaces, inconsecuentes y superficiales del placer, de la evasión y de la diversión. El énfasis exclusivo en los aspectos efímeros y frívolos restringe la dimensión y la complejidad de lo qué es y de cómo es vivido el descanso y el uso del tiempo libre en las sociedades contemporáneas. El acento en las consecuencias superficiales de este tipo de programación, además, sintoniza con un tipo de visión que considera la televisión apenas como un medio de transmisión (de señales, de símbolos, de informaciones, de datos), y que descuida los aspectos estéticos, culturales y sociales de la interacción que el público tiene con ella.

Una visión más amplia de lo que puede ser la “diversión” y el “entretenimiento” presentes en la interacción con programas como las telenovelas, puede ser desarrollada sobre la análisis de los aspectos rituales de la representación, de la actuación, de la performance y de la interacción cultural. En ese tipo de abordaje es posible identificar las representaciones ofrecidas por los géneros ficciones (como las telenovelas) como “metacommenti sociali”, como espejos activos que analizan los axiomas y los presupuestos de la estructura social y que, por el contacto visceral que mantienen con la estructura cultural y simbólica, generan espacios de frontera, limítrofes y de confín, entre lo que es la “realidad” y lo que es la fantasía. A ese respecto, por ejemplo, según Turner,

En la medida que se rescata la dimensión de limen, de brecha, de umbral y de transición entre estos dos dominios, Turner acentúa también la dimensión cultural y reflexiva del acto de entretener y de entretenerse, enfatizando los aspectos creativos y activos de transitar, de representar, de contemplar, de imaginarse y de reconocerse en la representación.

Rescatar los aspectos que posibiliten una visión menos reducida y simplista de lo que hay de placentero y de evasión en la recepción, permite recuperar lo que hay de productivo y de activo en el contacto con estos programas. De este modo, aunque se insista en enfatizar solamente las dimensiones de estos productos culturales que son admitidas y aceptadas por el sentido común, es decir, que las telenovelas sirven y deben ser usadas “solamente” para entretenerse y para divertirse, se puede, aún así, reconocer lo que hay de reflexivo, de productivo y de potencialmente subversivo en la construcción de significado y de sentido social, en el acto de “divertirse” y de “gozar” los momentos de frontera y de transición ofrecidos también por géneros populares como las telenovelas.

El público y el género telenovela
De acuerdo con los aportes hechos por la corriente de estudios de los Usos y Gratificaciones, McQuail, indica diversas posibilidades de uso o de motivaciones que conducen las personas a seguir lo que es ofrecido por los medios de comunicación: la búsqueda de información, de entretenimiento y de elementos/contenidos que contribuyan a la integración, a la interacción social y a la elaboración de la propia identidad personal. Roberts y Schramm, desde la misma corriente de estudios y también con relación al público receptor, afirman que el empleo de los medios como fuente de información, de entretenimiento y un tercer factor, su utilidad social (ofrece la oportunidad para reunirse), serían las tres principales razones que explicarían los usos de la televisión por parte de los niños. Advierten, sin embargo, que programas que usualmente no son clasificados como informativos, pueden ser considerados así por los receptores. Ejemplifican señalando que los niños clasifican la televisión educativa como “cuadrada”, como algo que los adultos han decidido que es bueno para ellas, pero que de hecho aprenden muchas veces a partir de lo que ven en los programas comerciales y en los programas clasificados como de entretenimiento. Para estos autores, lo que puede ser aprendido de los medios pictoriales es frecuentemente muy significativo. Los contenidos de fantasía contienen mucha información que puede ser importante para el niño. Dramas, misterios y programas de humor incluyen informaciones acerca de las costumbres, normas, actitudes y modos de comportamiento. Este material sobre lo que esperar del mundo social es algo que de hecho los niños necesitan realmente aprender.

En la tipología presentada por McQuail o en los motivos de consumo televisivo propuestos por Roberts y Schramm, el público receptor es visto como un conjunto de individuos que, en el contacto con la televisión, buscan determinadas características en la programación que satisfagan sus necesidades o expectativas personales (subjetivas o objetivas). En esta visión, que enfatiza la búsqueda de gratificaciones por parte de los telespectadores, los usos están condicionados por las características de la programación, que de acuerdo con el formato y el contenido que transmiten, ofrecen respuestas a los diferentes tipos de anhelos y demandas. Como en un supermercado, el “cliente” selecciona y adquiere el producto que, por sus características objetivas e intrínsecas, satisfagan mejor sus expectativas.

También enfatizando el punto de vista de los receptores, Kaplún sugiere que un importante instrumento operativo para el estudio de la recepción es el reconocimiento de los diferentes “modos de uso” -“telepasión”, “televisión-telón-de-fondo”, y “televisión-tapa-agujeros”- que se expresan en las diferentes formas de contacto o de interacción del público con lo que es presentado por la televisión. A diferencia del abordaje de McQuail y de Roberts y Schramm, al proponer estos tres modos de usar, el autor reconoce la importancia de las características de la programación, y una cierta autonomía a los receptores, en la medida que resalta como elementos que juegan un rol decisivo en los modos de uso o en los tipos de consumo televisivo, la relevancia de los gustos, de los códigos culturales y de los factores de ecología social.

Además de considerar la autonomía de uso por parte de los telespectadores, otros trabajos o corrientes de estudio ven el análisis de los usos de la televisión principalmente desde una perspectiva social. De esta manera, por ejemplo, en lugar de centrarse en las opciones individuales de los consumidores, se opta por tener como unidad de análisis la familia, y se verifica a partir de ahí cuáles son los aspectos que caracterizan los usos sociales de la televisión y de los diferentes tipos de programas que componen su palimpsesto. En lugar de centrar el eje del análisis sobre los individuos, esa otra perspectiva prioriza el aspecto social de los usos de la televisión a través de la contextualización del consumo televisivo. De este modo, se desplaza el eje del análisis desde aquello que propone el medio hacia la audiencia contextualizada, y se exploran las múltiples potencialidades de uso del medio y de sus géneros desde el punto de vista también de los usuarios.

Al desplazar el lugar del problema, cambia también la pregunta que se quiere responder: en este caso, cómo las audiencias apropian y resignifican los medios y los mensajes dentro de sus practicas sociales concretas. Además de recuperar el lugar de la audiencia en el proceso comunicativo, se va desde la concepción de la comunicación como transmisión de mensajes/informaciones, a la noción de comunicación como construcción social del sentido. Este otro tipo de abordaje del contacto entre el público y los productos de los medios recupera, de cierta forma, la relativa autonomía y la autoridad que tienen las audiencias no solamente de usar, sino también de jerarquizar las características y de participar en la definición de lo qué son y para qué sirven los programas que ellas consumen.

Este desplazamiento permite, por ejemplo, cuestionar la definición reducida de las telenovelas como programación de entretenimiento, en el sentido limitado del término, pues esta clasificación es oriunda de un tipo de análisis que se centra prioritariamente en las razones y en el punto de vista de los emisores, de los productores y de los analistas y “expertos”. Centrando la definición de los productos exclusivamente en este “lado” del proceso comunicativo, no se reconoce, o se menosprecia, el espacio de las audiencias en el proceso comunicativo, y su autoridad, como parte en ese proceso, de participar en la definición de los programas que ven. A la luz del desplazamiento, la cuestión que se propone es invertir el foco de la discusión: o sea, en lugar de explicar y catalogar las personas a partir de los programas que ellas ven, se propone comprender y explicar los programas, y en particular el género telenovela, también partiendo de la lectura y de la percepción que de ellos hacen sus receptores.

Consideraciones finales
El argumento de este artículo se refiere, en líneas generales, a la importancia conquistada por los medios de comunicación que, institucionalizándose, pasaron a compartir con otras instituciones la responsabilidad de producir, reproducir y distribuir el sentido y el conocimiento socialmente compartido. De modo específico, la atención se centra principalmente sobre la televisión, con la finalidad de reflexionar sobre como ella participa, también a través del género telenovela, en el proceso de producción y reproducción del conocimiento y de la construcción del sentido social, por medio de los cuales viabiliza la interacción y la integración de los sujetos en la sociedad.
Se sostiene que para entender lo que son actualmente las telenovelas es necesario hacer un doble movimiento de análisis, considerando sea los productos inscritos en este género y lo que de ellos dicen sus productores y emisores, como también los usos que de ellos hacen los telespectadores. En la visión aquí propuesta sobre el rol desempeñado por las telenovelas dentro de lo que es actualmente la televisión, la función social de estos programas podría ir mucho más allá de ser un simple momento en la jomada donde uno se desconecta de los problemas relevantes de la sociedad actual. Esta interpretación de las telenovelas se vincula a un tipo de visión que simplifica y reduce la significatividad social de los “momentos de descanso”, al enfatizar exclusivamente lo que puede haber de superfluo y de efímero en el placer, en el entretenimiento y en la distracción. La propuesta aquí formulada es que más que         “simplemente distraer”, los momentos disfrutados con las telenovelas pueden, de muchos modos, contribuir al cumplimento de los roles y funciones de formación social que la televisión, como un todo, desempeña.




Extraído de
Televisión, Telenovelas y la Construcción del Conocimiento en las Sociedades Contemporáneas.
Autora
Márcia Gomes Márquez
Socióloga de la PUC del Rio de Janeiro, Master en Maestría en Comunicación Social en la Universidad Javeriana de Bogotá y el Ph.D en Ciencias Sociales en la Universitá Gregoriana, Roma. Su especialidad es la Teoría de la Comunicación, con énfasis en los estudios de recepción con relación a los géneros populares.

domingo, 2 de junio de 2013

Educación del telespectador

Queremos una escuela activa, que permita ver el mundo desde una postura crítica, descartando actitudes que naturalizan injusticias, entonces ¿Qué actitud debe tomar frente a la televisión? ¿Debemos considerarla como un “simple entretenimiento”? ¿O más bien tiene gran influencia en todos nosotros?



La educación del telespectador, en un contexto de escuela activa y crítica, se fundamenta en las nuevas corrientes de investigación de la recepción. No puede entenderse una formación crítica de los telespectadores en las aulas si no partimos de un modelo de escuela crítica y activa, pero tampoco podrán desarrollarse estrategias didácticas rigurosas si no se parte de propuestas investigativas que surjan del conocimiento de los complejos procesos que los televidentes ponen en marcha en su interacción con el medio televisivo. La investigación nos conduce, por ello, a la necesidad de fomentar un espíritu crítico en el análisis de los mensajes televisivos, en la línea planteada por Piette en su trabajo doctoral Éducation aux médias et fonction critique, aplicado al campo de la recepción comunicativa, ha sido defendido en múltiples foros internacionales. La UNESCO, en su ya clásico texto L´éducation aux médias, alude a la trascendencia de conjugar el sentido crítico y el gusto por la comunicación.

Percepción, análisis y lectura crítica del medio televisivo
Las cuestiones de la percepción televisiva, esto es, de qué y cómo se aprende de la televisión, han generado interesantes teorías y líneas de investigación sobre los niveles de aprendizaje que la televisión genera a partir de su percepción. Especialmente quisiéramos destacar los clásicos trabajos de Gavriel Salomon para el que la extracción de la información se realiza a través de una negociación activa de los códigos del mensaje. Los niveles de atención, comprensión y comportamiento están sujetos a la edad y la experiencia así como otros factores que permiten una compleja evolución de la actividad sensor-motorica, los estímulos verbales y visuales y las habilidades perceptivas y emotivas.

Nuestro entendimiento del lenguaje de la televisión depende en parte, como apunta Greenfield, del conocimiento que se tenga sobre el código simbólico del medio. Así sugiere esta autora que «aprender a descifrar los símbolos del filme o de la televisión es algo similar a aprender a leer. Las capacidades que ello exige no son tan especializadas como las que se precisan para leer la palabra escrita, pero no obstante son considerables».

Coincidimos con San Martín, cuando manifiesta que «la exposición al propio medio no basta para que se desarrollen capacidades particulares; es decir, hay que generar en el alumno capacidades cognitivas para leer y entender los mensajes». Por ello, la escuela tiene que asumir responsabilidades para preparar a los alumnos a la lectura de las imágenes, para comprender esos mensajes.

Siguiendo a Krasny, y dado que los medios activan procesos mentales particularizados, es necesario plantearse el desarrollo de las habilidades que potencien lo que este autor denomina la «literidad visual», esto es, «la habilidad de leer en las imágenes, la vivacidad de su propia imaginería, su capacidad de memorizar imágenes y generar imágenes por sí mismos, su sentido de la belleza». Y como ya hemos indicado, para ello es fundamental la intervención de la institución escolar. Chalvon, Corset y Souchon apuntan que es «en la escuela donde se debería sobre todo aprender a ver la televisión. Y en primer lugar, a analizar sus códigos, ya que se trata de reconsiderar todo lo que las emisiones de televisión dan como natural y evidente, lo 'inverosímil' en que construyen sus sistemas de signos y que ellos contribuyen de esta forma a difundir y a imponer. La finalidad es llegar a una lectura consciente de las imágenes, donde lo implícito esté explícito».

Educar a ver la televisión: el telespectador activo
Desde distintos sectores sociales se ha defendido en los últimos años la necesidad de educar a las nuevas generaciones a ver la televisión como una tarea inaplazable. Así, desde las propias instancias políticas, se ha afirmado que «es fundamental formar telespectadores que no sean crédulos ante los mensajes que emite la televisión, que no la divinicen ni tampoco la satanicen. En una palabra, que sepan usarla, desentrañar sus lenguajes y convivir con ella desde la crítica y la libertad» (Alborch).

Esta preocupación social e investigadora por la audiencia ha impulsado con ímpetu la necesidad de formar telespectadores, educándolos a ver la televisión desde el aula y del hogar. Ya desde una óptica escolar, la clásica obra de Chalvon, Corset y Souchon, El niño ante la televisión, proponía que «la mejor solución es la formación del telespectador propuesta desde la escuela. No tanto para intentar utilizar la televisión como un medio de expresión, sino para educar la mirada del telespectador». Y añaden que «una mejor comprensión de la actitud del joven telespectador debe desembocar en una práctica que podría consistir en formar un telespectador activo [...]. Este hecho es nuevo y señala un cambio de actitud frente a la televisión [...].

Es necesario superar, por tanto, el papel de simples receptores pasivos, ya que se pretende ser usuario no sólo de un producto terminado, sino también en proceso de elaboración.

Para ello, es necesario desarrollar propuestas concretas que superen el nivel de los deseos y elaboren pautas de acción. Apunta Aguilar que «necesitamos instrumentos que nos ayuden a reflexionar de manera crítica sobre nuestra práctica de espectadores». En este sentido, quisiéramos brevemente destacar algunos trabajos que consideramos de notable interés en esta línea.

Greenfield recoge algunas experiencias de lo que «se puede hacer en las escuelas», a través de cursos sobre la crítica de la televisión, desarrollados en diferentes universidades americanas, «con la finalidad de animar a los niños a establecer sus propios juicios respecto a la realidad de lo que ven en la pequeña pantalla». En esta línea, también las experiencias de Dorr y sus colaboradores demostraron que el trabajo para desarrollar posturas más críticas ante la televisión tiene repercusiones en las pautas de visionado de los niños y, sin duda, influyen en hacerlos unos telespectadores más activos.

Bazalgette propone cuestiones relacionadas con el cómo funcionan los medios, cómo producen significados, cómo están organizados y cómo el público les da sentido; esto es, las áreas que ya hemos mencionado en el capítulo primero de este trabajo: las agencias de los medios, sus categorías, sus técnicas, sus lenguajes, sus públicos y sus representaciones.

También en el texto de Chalvon, Corset y Souchon se afirma que con la educación del telespectador en el aula «no se trata de adquirir el conocimiento necesario de las diferentes teorías sobre los procesos de comunicación y los modos específicos de su expresión audiovisual, sino de permitir al telespectador dominar mejor su práctica. Para ello propone reflexionar sobre las condiciones de la recepción televisiva con un conjunto amplio de actividades e interrogantes que «deberían llevar al joven a descubrirse a sí mismo».



Autores:
Aguaded Gómez, José Ignacio y Díaz Gómez, Rocío:
"La formación de telespectadores críticos en educación secundaria",
en Revista Latina de Comunicación Social 63. La Laguna (Tenerife)
Dr. José Ignacio Aguaded Gómez
Profesor del Departamento de Educación Universidad de Huelva (UHU).
Lic. Rocío Díaz Gómez
Doctoranda del Departamento de Educación. Universidad de Huelva (UHU), España

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