miércoles, 23 de mayo de 2012

Los contenidos televisivos y los niños

¿Es la televisión un electrodoméstico más? ¿Acudimos a el sólo cuando lo necesitamos, como lo hacemos con la heladera? ¿Influye en la formación de una escala de valores? En particular ¿Cuál es la influencia en el sector más desprotegido, los niños?



A tenor de los datos que se desprenden de estudios recientes, “el tiempo dedicado diariamente por los niños a ver la televisión es tres o más horas el 42,1%, entre dos y tres horas el 36,8% y una hora el 21,2%. Pero estos datos alcanzan un significado mucho más expresivo si se compara el tiempo dedicado a ver televisión con el dedicado a leer e incluso a jugar”.

El problema del tiempo excesivo dedicado por los escolares de menor edad a ver la televisión podría llegar a ser de menos trascendencia que el de determinados contenidos que están a su alcance y a los que se acostumbran sus ojos pronto y sin solución de continuidad, lo que influye en su proceso de socialización (125). Se calcula que estos espectadores pueden llegar a contemplar en una semana 670 homicidios, 420 tiroteos, 48 secuestros, 30 acciones de tortura, 19 suicidios, 18 imágenes relacionadas con las drogas y 11 robos.

A ello habría que sumar las alusiones frecuentes, cuando no presentaciones descarnadamente explícitas, referidas al alcohol, el sexo, la discriminación por diversas causas y a diferentes colectivos, etcétera. Muchas veces canalizadas a través de la publicidad, pero otras, lo que es más grave, por medio de dibujos animados emitidos en horario infantil y diseñados y dirigidos principalmente a niños.

La conclusión es fácil de establecer: por ver la televisión el niño, como observan diversos autores, no sólo se pierde otras cosas importantes, a veces esenciales, en su educación y en su vida, sino que puede recibir mensajes y ejemplos totalmente censurables que podrían influir de forma negativa en la formación de su pensamiento y de su escala de valores y en la manera de conducirse mediante sus actos consigo mismo y en relación con los demás. Por eso es más que deseable, una necesidad evidente, avanzar hacia un modelo de responsabilidad compartida en el uso de la televisión por parte de medios, escuela y, sin ninguna duda, familia.

Si la televisión, su consumo excesivo e inadecuado, puede llegar a ser nociva para alguien, lo será más que para nadie para la audiencia de menor edad, por diversos motivos: ausencia o escasez de mecanismos de reacción intelectual, credulidad, falta de experiencias directas y demás aspectos que permiten a un adulto o incluso a un adolescente, al tenerlos cubiertos, situar adecuadamente los mensajes y los estímulos recibidos. Estos conllevarán por tanto unos efectos mucho menores o incluso nulos con respecto a las reacciones negativas que pueden provocar en el niño.

Sobre todo, no se debe olvidar que el contacto de los alumnos de las edades correspondientes a la educación infantil, especialmente, y también a la primaria, con los medios de comunicación se circunscribe exclusiva o casi exclusivamente a la televisión. Y lo que no es menos relevante, que tienen unas dificultades a veces serias para distinguir la ficción televisiva de los contenidos que no pertenecen al ámbito de la ficción, lo que puede acrecentar el calado emocional negativo de determinados programas o fragmentos televisivos. Hasta los cinco años, algunos niños llegan a pensar que los personajes que aparecen en la pantalla del televisor habitan en él. Este punto es de especial interés.

La importancia de la distinción entre contenidos ficticios y contenidos referidos a la realidad está plenamente justificada. De hecho, “existen hasta la fecha numerosos estudios sobre el impacto que provoca el contenido de determinados programas en los niveles cognitivos y conductuales del niño, en función de su contenido real o ficticio. Es decir, se ha intentado demostrar que aquel contenido que es considerado como real y es percibido como tal, independientemente de su naturaleza, tiene más probabilidades de ser tomado como modelo de comportamiento que aquel otro programa cuyo contenido o personajes se consideran irreales o ficticios”.

Como ha expresado González Seara, lo que definimos como real es real en sus consecuencias. Ahora bien, el impacto en la infancia del medio más espectacular puede presentar efectos negativos pero también positivos en determinadas circunstancias. Así lo acreditan los estudios internacionales más reputados que han realizado sociólogos y psicólogos, principalmente. A los factores familiares y circunstanciales del niño habría que unir como elemento básico el tipo de programa televisivo, su naturaleza. En este sentido, el estudio de Fiedrich y Houston permitió concluir que los niños que veían los capítulos de la serie de dibujos animados El vecindario de Mr. Roger, programa de carácter eminentemente educativo emitido en Estados Unidos, “tendían a jugar de forma más solidaria; con frecuencia se pudo observar que estos niños ayudaban a otros en sus tareas y que colaboraban también con los propios profesores, que compartían juguetes con sus compañeros y que expresaban preocupación por el bienestar de los otros”.

Muchos autores entienden que la clave para optimizar y racionalizar el consumo del medio estrella radica en “enseñar a ver la televisión con sentido crítico, que equivale a dotar al niño de recursos mentales y afectivos para procesar de forma adecuada los mensajes televisivos. Este sentido crítico se fundamenta en el principio hoy resaltado en Psicología y Educación: aprender a aprender”.

La adquisición de ese sentido crítico y selectivo por parte de los niños ante lo que diariamente les llega desde el aparato de televisión, puede verse favorecida mediante determinadas acciones de los padres y educadores.

La influencia de la televisión tiene tal fuerza entre los más jóvenes que conviene otorgarle un primer plano en el análisis. Mariano Cebrián Herreros, catedrático de Información Audiovisual de la Universidad Complutense, hace notar que “la televisión se ha convertido en la constante acompañante del individuo, familias y grupos en las horas de ocio. Y entre los sectores sociales, hay que destacar, por la importancia en la formación y desarrollo de su personalidad, el de los niños. La televisión al presentar a los niños los primeros descubrimientos del mundo se convierte en la guía y forjadora de su cosmovisión. Pero lo que la televisión ofrece son unas realidades artificiales, unos reflejos aparentes y a veces encubridores de la autenticidad de las personas y los hechos. Y esto ocurre por la mediación humana y por la intercalación de medios técnicos que crean un nuevo mundo. La televisión agranda o empequeñece la realidad, crea espacios y tiempos nuevos, la transforma y la interpreta”.

Para Cebrián Herreros, “no se trata de abandonar el aprendizaje de la lectura alfabética y comprensión de textos escritos, sino de incorporar la enseñanza del lenguaje icónico. No se puede caer en el error de que tal lectura es innata. Sólo la adquisición de una personal y responsable descodificación de los mensajes emitidos por los medios podrá ofrecer al hombre actual el bagaje necesario para defenderse de la contaminación icónica que ha invadido su entorno vital y social”.

La educación para el medio televisual debe incluir contenidos curriculares como los siguientes:
-             Iniciación en el conocimiento de los aspectos técnicos de la televisión.
-             Iniciación en los aspectos psicológicos (mentales,                      emocionales, sociales) del mensaje televisivo.
-             Enseñar a distinguir y valorar los distintos tipos de programas.
-             Enseñar al niño a generar formas, recursos y referencias para ver críticamente los programas, es decir, con conocimiento de causa y con posibilidades de valoración.
-             Enseñar a que el niño distinga entre lo real y lo ficticio y a que perciba la articulación entre signos y significados dentro de la oferta televisiva.
-             Enseñar a ver la televisión como ocio y como recurso para otros muchos aprendizajes articulando su consumo con otras actividades (lectura, juego, etc.), jerarquizando éstas y sus tiempos.




Extraído de
TESIS DOCTORAL
AUTOR: JUAN-FRANCISCO TORREGROSA CARMONA
DIRECTOR: DR. LUIS-MIGUEL MARTÍNEZ FERNÁNDEZ



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