viernes, 2 de agosto de 2013

La ilusión de invulnerabilidad que da la televisión

¿Qué sensación otorga el “mirar sin ser mirado? ¿Cuál es la sensación del poder? La televisión está en los hogares en un lugar privilegiado, no con los otros electrodomésticos ¿Qué simboliza esto? ¿En qué consiste el parentesco visual entre el emperador y el espectador?


Si hablamos de la relación entre la "seguridad" y el "ojo", hay que empezar por decir que el espectáculo no dirime sólo las desigualdades entre el Hombre y la Naturaleza: dirime asimismo las de los hombres entre sí. La razón es theoría, pero el poder también.
Lo sublime nace de una mirada ascendente, de abajo arriba, desde el ras del cuerpo hacia el cielo borrascoso o hacia la cumbre nevada; el poder, en cambio, mira siempre de arriba abajo: Escipión, por ejemplo, contemplando melancólicamente a sus pies la ciudad humeante que él mismo ha mandado destruir, pero también el oficial de aduana ante el que el viajero inclina culpable la cabeza. Tras la expulsión del Paraíso y salvo para los enamorados, la mirada no admite reciprocidad, impone una jerarquía, desnivela el mundo; y la hegemonía, pues, presupone y se expresa siempre a través del espectáculo, cuya manifestación más pura es el Triunfo Romano con su desigualdad visual entre vencedores y vencidos. De lo primero que se libera el hombre que aspira a la emancipación es de la mirada del tirano; lo primero que afirma el tirano -con los mismos medios que le han proporcionado la supremacía- es su libertad absoluta para mirar. Mirar o ser mirado, mirar sin ser mirado, someter y -llegado el caso- destruir con la mirada, la conquista de la "soberanía" implica la búsqueda de cotas geográficas o tecnológicas cada vez más elevadas desde las que el solo ojo pueda ordenar y decidir los acontecimientos, proceso en el que la industria militar juega un papel dinamizador y que alcanza su perfección provisional en los bombardeos desde el aire. En la tradición espacial que sigue siendo la de nuestra conciencia, el poder es un "centro" -fortaleza o alcázar inexpugnables- en el que convergen fluidamente todos los extremos del imperio: informadores, peticionarios, reos, funcionarios, embajadores, comerciantes, y también esos cómicos, juglares y volatineros que montan su espectáculo dentro del espectáculo más amplio de la corte.

Allí el poder visual del emperador es el efecto y la garantía de tres factores indisociables entre sí: invisibilidad, inviolablidad e inmovilidad. El emperador, que todo lo ve, no se expone jamás o sólo en ocasiones señaladas a la mirada de los súbditos. El emperador, porque nadie lo ve, está seguro, permanece a cubierto de cualquier asechanza, protegido por su propia ausencia amenazadora. La majestad del emperador, en fin, depende de que permanezca inmóvil mientras todo gira, se combina y se despliega a su alrededor. En este sentido, por debajo del campesino y del caballerizo, la figura socialmente opuesta a la del emperador la encarna precisamente el "cómico", al que su consentida visibilidad y su incesante movilidad (desprovisto como está de residencia fija) vuelven despreciable y vulnerable.

¿Qué tiene todo esto que ver con la televisión? Lo primero que hay que recordar es que la televisión es un mueble o, más exactamente, un electrodoméstico. Pertenece, pues, al ámbito de la casa. Más aún: a partir de los años sesenta -un poco antes en el mundo anglosajón- su entronización en el cuarto de estar pasó a re-estructurar decisivamente, mucho más que la nevera, la lavadora o el friegaplatos, contemporáneos suyos, la distribución del espacio doméstico burgués; al contrario que los otros adminículos eléctricos, confinados en la zona ahora excusada de la producción (la cocina o el baño), la televisión activaba idealmente la esencia misma de la casa, su concepto universal -si se quiere- como representación ancestral del hombre fuera de peligro. Permitía, pues, mantener las separaciones típicamente "burguesas" prolongando al mismo tiempo y consumando el triunfo del "hogar" universalmente humano. Los dos elementos irrenunciables que definen ontológicamente la casa, como caparazón arquitectónico de una intimidad protegida; los dos símbolos, por así decirlo, de la existencia de un lugar seguro en medio de las asechanzas exteriores, son la ventana y el fuego. Una casa es sólo eso. La ventana es el límite transparente que deja fuera el mundo que podemos, sin embargo, seguir mirando. El fuego es el centro interior que calienta, recoge y humaniza a las criaturas sentadas a su alrededor. Pues bien, la televisión ha venido sobre todo -o antes que nada- a conservar bajo otra forma las ventanas y las hogueras.

Antes de generalizar un modelo de civilización, la televisión generaliza en efecto las ventanas. Antes de sustituir a la madre o al maestro, la televisión ha sustituido al fuego. Si la casa sigue siendo "hogar", sigue siendo focolaris (el lugar de la lumbre), una vez desplazado el fuego a la periferia vergonzante de la cocina, es porque la televisión conserva en su corazón una fuente de luz, de calor y de ruido -el murmullo variable del crepitar de las llamas- que centraliza las miradas, conforta a los menesterosos, acompaña a los solitarios y tranquiliza a los insomnes. Gracias a la televisión, las chabolas, las chozas, los sótanos y las ruinas tienen ventana y fuego; gracias a la televisión, las chabolas, las chozas, los sótanos y las ruinas son verdaderas casas donde la vida transcurre segura, libre y placentera.

La televisión es el triunfo de la casa, el poder doméstico transformado en fortaleza: una ventana bien enrejada y un fuego que nunca se apaga. Antes de darnos información, entretenimiento o imágenes, la televisión nos da seguridad. La recepción, pues, de las imágenes vendrá determinada por la seguridad superior derivada de esta falsa ventana y de este falso fuego.

-La televisión es una ventana pequeña o, más exactamente, una ventana que empequeñece las cosas que vemos a través de ella. Esta visión de las montañas, la guerra o la Revolución a escala no debe tomarse a broma; la insistencia de Kant en asociar el sentimiento de lo sublime al tamaño del objeto (que debe ser enorme, colosal, inabarcable) garantiza de algún modo la precedencia del espacio, la fragilidad del sujeto y la inconmensurabilidad de la experiencia. La "maqueta" ha sido siempre el recinto de intervención preferido del soberano -o el estratega-, donde hombres, montes y edificios se volvían manejables.

- La televisión es una ventana horizontal que induce una visión tecnológica descendente. Al contrario que el espectador de Caspar David Friedrich, diminuto enderezador de una mirada kantiana hacia lo grande y lo alto -el paisaje que literalmente lo envuelve-, el espectador televisivo, como Escipión o el oficial de aduanas, contempla de arriba abajo las imágenes diminutas y lejanas que se agitan en un rincón de su salón.

- La televisión es una ventana interior. Mientras que las verdaderas ventanas son límites y se las puede mirar, por tanto, también desde el exterior, la televisión está dentro de casa. La ventana, que nos protege de las amenazas, es al mismo tiempo el punto más vulnerable del edificio, por donde puede colarse el ladrón o penetrar la alimaña. A través de la televisión entran en el hogar el Estado, el comercio, el ejército, el juglar, la fauna, el vecino, los extremos todos de este imperio visual; entran sin conmover ni amenazar la seguridad doméstica. Todo se queda en la ventana; todo se convierte en casa, de manera que incluso la guerra, la Revolución, el volcán en el salón nos tranquilizan. Pequeña, horizontal, interior, a la televisión no hace falta ni siquiera asomarse. Las cosas ya no ocurren en el espacio, ya no ocurren fuera. El terremoto de Irán, los bombardeos de Bagdad, la exploración de Marte son experiencias íntimas; no se las contempla, pues, a través de la ventana: se las contempla a través de la cerradura. La televisión privatiza el mundo del que ya hemos sido privados en el exterior.

En este sentido, dicho sea de paso, la televisión no ha venido a superar el cine sino a matarlo y a matar con él la experiencia tecnológica de lo sublime. La obscuridad inquietante de la noche, la verticalidad de la visión, la sobredimensión de los objetos, el silencio sobrevenido, la envoltura sideral de las imágenes (a través de la pantalla celeste), las condiciones de la recepción cinematográfica fabrican una variante de espectador mucho más vulnerable en el espacio, sensible al menos al poder de la estupefacción; un espectador que ha debido además abandonar momentáneamente su casa, exponiéndose al asalto de la contingencia y renunciando, por tanto, a su seguridad imperial).

Todo lo dicho, creo, sugiere ya el parentesco visual que une al emperador y al espectador. Invisibilidad, inviolabilidad, inmovilidad. En una sociedad en la que el ciudadano es ininterrumpidamente atravesado por un poder que aumenta su capacidad de penetración visual a medida que se vuelve más infinitesimal y bacteriano, en la que el individuo es intervenido y registrado en el sustrato mismo de la vida, en la que desde el ADN al saldo bancario nuestra intimidad está más que nunca a la intemperie, el espectador dirige a la televisión una mirada sin reciprocidad, inalcanzable para el objeto de su visión. En una sociedad en la que la inseguridad aumenta en todos los niveles, en la que el trabajo y la vivienda han dejado de ser una evidencia, en la que las amenazas se han instalado en la propia cadena alimentaria (por no hablar de países en los que la guerra, el hambre o la ocupación minan todo horizonte de estabilidad cotidiana), la televisión vuelve invulnerable al espectador. En una sociedad en la que todo es precario, flexible, fluido, en la que los hombres son cada vez más movidos como arenisca en manos del vendaval, en la que circulación y velocidad resumen la existencia de las cosas (hasta el punto de que pararse puede resultar mortal), el espectador permanece inmóvil mientras todo lo demás se mueve en la televisión.

Puede muy bien concebirse la historia de la humanidad como una lucha de clases en la que una minoría ha siempre porfiado con éxito por conquistar, más allá de territorios, riquezas u honores, el derecho de mirar a la mayoría. El mundo de los que miran de verdad sigue siendo el de una minoría poderosa; esa minoría mira hoy a una mayoría... que mira a su vez la televisión. La televisión, pues, invierte ilusoriamente el reparto de soberanía, de manera que el mismo hombre desnudo, controlado y apriscado, desprovisto de todo instrumento de intervención, que acepta que su voto cada vez decida menos, asciende como espectador a esa cúspide de la pirámide social desde la cual, invisible e inmóvil, determina a distancia con su cetro fotoeléctrico el orden de lo visual. Que ese poder es ilusorio y -aún más- que es premeditadamente utilizado por la irresistible minoría bacteriana lo demuestra el hecho de que, por primera vez desde el Imperio Romano, el espectador se ha vuelto despreciable -y los bufones, a la inversa, admirables.



Extraído de
Televisión: cinco ilusiones y una propuesta
Santiago Alba Rico
En Revista Archipiélago nº 60 (Monográfico sobre televisión)
Santiago Alba Rico es un escritor, ensayista y filósofo español nacido en Madrid en 1960.

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